Fumo al frío e intento despejar la incógnita de las chinchetas que desaparecen del corcho (en la puerta de la agencia donde trabajo). Inexplicable y predeciblemente siempre que salgo a fumar una de ellas ha desaparecido. Siempre mis hipótesis han estado entre el "se caen con el viento" y, como nunca las encuentro en el suelo, el "nos las roban". Las dos opciones son interesantes. En la primera el hecho mismo de que la chincheta se deshaga del cartelón y desaparezca de camino al suelo, o en el suelo, o que desaparezca antes de descolgarse, me parece alucinante. Es magia. En la segunda, me encanta imaginar a la persona que se lleva las chinchetas: alguien que diariamente aparece por ahí y disimuladamente se lleva una chincheta.
Podría pensar que es más fácil la primera alternativa. O sea que pensar en que alguien dedique su vida a llevarse chinchetas es absurda. Pero ¿por qué ocurre siempre que salgo a fumar? Nunca si salgo a saludar, nunca si salgo al banco o a por un café. Solo si salgo a fumar. La chincheta no sabe nada de vicios. Pero la persona que supuestamente dedica su vida a coleccionar chinchetas de colores sí que puede tener la sistematización de hacerlo en determinados momentos. Se me ocurre que se puede divertir vigilándome y que cuando me ve sacar el cigarro a través del cristal, da un salto y se lleva la chincheta. Como para darle un poco de diversión a un gesto que pasados los meses le pueda resultar anodino. O puede que estemos ante un altruista de manual y que se haya propuesto hacerme reflexionar sobre el hecho de fumar.
Yo he inventado varios juegos. Uno, casi para evitar convertirme en aquel filósofo que decía que sabemos que no nos ponemos azules cuando llueve porque la experiencia nos dice que el agua de lluvia moja pero no tinta, consiste en que cada vez que salgo a fumar busco a ver si falla el misterio de la chincheta. Si tengo alguna duda salgo a fumar, me planteo que es sí si la chincheta no está y no si sigue ahí. O al revés, depende de la respuesta que necesite. Es un oráculo al gusto.
En otro juego se ha convertido crear un paralelismo entre colores y colocación de la chincheta, y entre temperatura ambiental y número de chinchetas desaparecidas, y entre ansiedad al fumar y velocidad de la chincheta por desaparecer (a veces salgo rápidamente después de haber entrado, para pillar al tipo que se las lleva, o para pillar a la chincheta saliendo del corcho, o para pillar a la chincheta escondiéndose entre las vetas del mármol de la acera).
A veces hay misterios con los que solo se puede jugar. Sin explicación. Inefables. Como si el misterio mismo de la chincheta fuese dios.
29 diciembre 2011
28 diciembre 2011
Qué curioso es el silencio...
A veces sueña con tu alegría mi melodía,
a veces sueño del aire que nos caemos,
que es lo que iba a decirte yo....
A veces sueña con tu alegría mi melodía,
en esas noches que escribo sólo pretextos.
Lo que quiero decirte, amor,
es que he sido tan feliz contigo.
Tal vez porque esta noche no vaya a ser lo que se dice
una noche inolvidable... no por ti.
La culpa es mía por fingir que todo me da risa y
Que la culpa es de la prisa o es del frío
pero vamos... que yo sé que es culpa mía.
Que curioso es el silencio...
no sé qué es lo que es,
pero hay algo en nuestras vidas
y en esta noche yo enloquecería
si al amanecer te fueras sin haberte dicho
yo he sido tan feliz contigo.
A ver si sueña con tu alegría mi melodía,
a ver si sueño y te agarras que nos caemos
o que ese sueño me apague el sol
si yo no he sido tan feliz contigo.
Yo puedo hacer que traiga la noche
media luna fría,
puedo fingir que no te he visto.
Pensar que yo no soy lo que querías
pero con todo te lo digo:
yo he sido tan feliz contigo.... yo sido tan feliz....
A veces sueña con tu alegría, mi melodía,
a veces sueño del aire que nos caemos,
a veces sueño mi sueño, amor.
A veces sueño que no amanece, que nos perdemos,
Y un firmamento de estrellas me da el aliento
Que lo oiga el mundo y lo escuche Dios:
"Yo he sido tan feliz contigo"
[Sí, sí, "He sido tan feliz contigo" de A. Sanz, ¿qué le hacemos? Venga, sin rencores, que es bonita. Que tiene cosas como "Tal vez porque esta noches no vaya a ser lo que se dice una noche inolvidable, no por ti, la culpa es mía por fingir que todo me da risa". Perdonémoslo.]
23 diciembre 2011
La verdad de las mentiras
“Las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos”, escribió Valle Inclán. Se refería sin duda a cómo son las cosas en la literatura, irrealiad a la que el poder de persuasión del buen escritor, y la credulidad del buen lector confieren una precaria realidad.
Para casi todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía, el trampolín que dispara la imaginación en su vuelo impredecible hacia la ficción. Recuerdos e invenciones se mezclan en la literatura de creación de manera a menudo inextricale para el propio autor, quien aunque pretenda lo contrario, sabe que la recuperación del tiempo perdido que puede llevar a cabo la literatura es siempre un simulacro, una ficción en la que lo recordado se disuelve en lo soñado y viceversa.
Por eso la literatura es el reino por excelencia de la ambigüedad. Sus verdades son siempre subjetivas, verdades a medias, relativas, verdades literarias que con frecuencia constituyen inexactitudes flagrantes o mentiras históricas. Aunque la cinematográfica batalla de Waterloo que aparece en Los miserables nos exalta, sabemos que esa fue una continda que libró y ganó Victor Hugo, y no la que perdió Napoleón. O, para citar un clásico valenciano medieval, la conquista de Inglaterra por los árabes que describe el Tirant le Blanc es totalmente convincente y nadie se atrevería a negarle verosimilitud con el mezquino argumento de que en la historia real jamás un ejército árabe atravesó el Canal de la Mancha.
Mario Vargas Llosa
21 diciembre 2011
Memorable
![]() |
| La foto es de allí. La luz es de aquí. |
Ahora, después de exámenes y con la ilusión de pensar que es posible acabar la licenciatura pronto, me ha dado por leer. Cuando duermo en casa, sola (ejem), leo. Cansada y con sueño, leo.
Pues resulta que leyendo en el blog de Jabois una entrada sobre Sampedro, he descubierto que existe un "estilo" de utilizar las exclamaciones entre paréntesis. La intertextualidad en internet llega a la exageración asombrosa. De Jabois llegué al blog de José Antonio Montano y este se "autolinkeaba" (¡alucinante!) con una entrada en la que hablaba justo de esto: las exclamaciones entre paréntesis que él había leído y visto por primera vez en Bernhard... Maravilloso.
Maravilloso porque resulta que leyendo el manuscrito de la novela de una amiga, la transgresión a la norma y los nuevos estilos me han abofeteado. Es también el libro de Paul Viejo, Los ensimismados. Es el libro de Miguel Ángel Zapata, Esquina inferior del cuadro. Son todos juegos de estilo brillantes y apasionantes, que no se han inventado ellos. Que ya se ha hecho, que ya se hacía, que nos sorprende pero que no es nuevo. Que el propio Montano recuerda, por ejemplo, que Gil de Biedma usaba las exclamaciones a la inglesa: solo al final.
Pero que ya lo hacemos nosotros. Son transgresiones ya tildar el solo o el guion. Y nos sorprende, en este caso, cuando se hace y cuando no.
Pues resulta también que ahora cuando me pregunten si sé algo de Benhard diré que es el de las exclamaciones entre paréntesis (y que me reí mucho con el fragmento de la Carcoma que colgó Montano). Eso que nos sorprende es memorable, diría.
Recuerdo cuentos completos que podría recontar incluso. Podría recontar "La continuidad de los parques" o "El aleph". Podría recontar "Los crímenes de la casa Morgue". Podría recontar "Tres rosas amarillas" o "La metamorfosis". Hay otros casos en que relees algún cuento y de pronto, en el segundo párrafo (a veces antes) te das cuenta que podrías recontarlo, como me pasó hace unos días con "La muerte tiene permiso".
He hablado últimamente mucho sobre la intención al escribir un cuento. Ortega (no el de Gasset, sino el de Calle Aristóteles, Jesús) mantenía en una de estas conversaciones que aspiraba a que sus cuentos en algún lector fuesen memorables. Memorables. Retomo El clavo en la pared con la intención de ver antigüedades, lo retomo como quien busca reírse de una foto de EGB de un amigo, como reírse de aquella época (hace cuatro años que publicó aquel libro) en la que no sabía lo que le ha dado tiempo a aprender en el tiempo que ha pasado desde entonces. Pues lo retomo y encuentro precisamente este concepto "memorable".
Leo el primer cuento, "El zurdo". Se ha hablado de ese cuento en las presentaciones del segundo libro. Para Jorge Rubio, por ejemplo, ese cuento es memorable. Lo leo y como si no lo hubiese leído nunca. Pienso en la estructura trabajada de ese cuento, en el "andamio que no se ve". Pero no es eso lo que me interesa del cuento, pienso, y me obligo a releerlo, para fijarme, pero el cuento no me deja. Pienso en que es posible que ni llegase a leerlo. Sería raro pero es posible. Y llego al final y encuentro lo que buscaba y me río. Y leo el segundo cuento, "Bésame", y en el segundo párrafo pienso "de qué me suena a mí..." y sí, lo leo hasta el final, y me fijo en más cosas que la primera vez que lo leí (en el estilo, por ejemplo, que comparte tantas cosas con los cuentos nuevos, y me río, con una risa distinta de la que me produjo el final del primer cuento), consciente de que no era la primera vez. Porque ese cuento sí, se había quedado ahí, como levitando, como latente, agazapado... durante años.
Me pregunto cuánto de persistente tendrá el tema de las exclamaciones entre paréntesis de Benhard en mi memoria. Me pregunto que si encuentro de nuevo dentro de unos años a Benhard o incluso unos paréntesis con exclamaciones me acordaré de todo esto, si me acordaré del fragmento de la Carcoma.
Me pregunto cuánto de persistente tendrá el tema de las exclamaciones entre paréntesis de Benhard en mi memoria. Me pregunto que si encuentro de nuevo dentro de unos años a Benhard o incluso unos paréntesis con exclamaciones me acordaré de todo esto, si me acordaré del fragmento de la Carcoma.
Porque lo memorable se queda con más o menos nitidez en los pliegues de la memoria. Lo memorable no es curioso, no es un tema de moda. Lo memorable es al leerlo una lucecita en la que no se repara, una sonrisa de sorpresa interna, un segundo de silencio y reflexión inconsciente, porque no es el fogonazo de unas exclamaciones entre paréntesis. Es una luz que se queda ahí. Encendida siempre.
02 diciembre 2011
Laudatio: Calle Aristóteles, Jesús Ortega
![]() | ||
| Imagen de: Imagina Fotolog |
Jesús Ortega es un tipo observador. Jesús Ortega sabe quien es el otro con solo mirarlo. Jesús Ortega entiende el sentido de una mirada, de una sonrisa, de un gesto. Jesús Ortega es tan serio que disfruta del sentido del humor constantemente.
Jesús
Ortega está siempre al tanto de las últimas tendencias narrativas y
literarias. Jesús Ortega conoce la tradición literaria como si
llevase leyendo siglos. Jesús Ortega podría ser poeta. Jesús
Ortega podría ser ensayista y crítico. Jesús Ortega a veces es
poeta (aunque no escriba poesía), es ensayista y es crítico. Jesús
Ortega siempre es cuentista, siempre es narrador. Jesús Ortega sabe
qué es el cuento.
Jesús
Ortega es intenso, emotivo, cruel, piadoso. Jesús Ortega escribe
mientras vive. Jesús Ortega hace que su ficción se cuele entre las
rendijas de la vida. Jesús Ortega cuelga la vida en toda narración.
Calle
Aristóteles es más y menos que Jesús Ortega. Es literatura
fuera del autor, es literatura inexorablemente unida a su autor. Es
un estilo cuidado, que se queda debajo, que levanta dramas,
tragedias, sentimientos; un estilo preciso y discreto, justo, exacto,
admirable. Calle Aristóteles reivindica la narrativa real. La
narrada. La historia, el cuento, la vida, lo imposible, lo
alcanzable. Calle Aristóteles es duro, cortante, mordaz. Es
indulgente, amable, benévolo.
Calle
Aristóteles transporta a Jesús Ortega de nuevo a la vida
literaria para dejarlo ahí.
Y como
muestra una piedra de la Calle:
De todas
formas, es imposible que mi padre deje de parecer un mendigo allá
donde vaya, en las tiendas, en el médico, en la parada del autobús.
Habría que cambiarlo por entero y convertirlo en otra persona, no
servirían afeites parciales ni soluciones de emergencia. Solo había
que mirar el aspecto del salchichón y los plátanos que había
echado como comida en la bolsa de mano. Volví a sentirme culpable de
no haber dedicado al viaje de mi padre más de una hora y media.
“Una hora
y media”
Tenía
todo el día para pensar en la desdichada historia de su familia,
pero era en el autobús, en esos minutos iniciales de la mañana,
rodeada de gente que iba a trabajar, cuando los recuerdos la
acorralaban y la angustia se hacía insoportable. Había cambiado el
tiempo de pronto y ya era otoño. Vio paraguas desplegarse en las
calles.
“Último
samurái envolvente”
[Nota 1 sobre Calle Aristóteles, de Jesús Ortega (Cuadernos del Vigía, 2011)]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



