La vida se detiene. Se bloquea.
Una oleada de miedo, de tristeza, de extrañeza, se posa sobre ti y te impide moverte. No es más que la sensación, inexacta probablemente, de haber avanzado demasiado. Una mirada hacia atrás. Un guiño a ti misma. Una palmadita en la espalda que no sirve sino para entender que hasta tú, tu otro tú, se ha dado cuenta de que no eres más que un error andante. Una forma continua de equívoco.
Estás continuamente actuando en ensayos generales, no te estrenas, no hay éxito, no hay aplausos. Solo existe (a veces) la satisfacción de estar preparada. No hay telón.
Hay solo una cosa que ya has aprendido. La tristeza no se instala más en este escenario.
Tiempo sin compañía. Pensar, matizar. Redescubrir. Redescubrirte. No hay nada en qué pensar. Nada concreto. Solo esa incesante necesidad de ser persona que no prospera. Que no existes, piensas. Que no estás más que en tu mente. Que quizá por eso escribes: para leerte y hacerte la ilusión de que también hay momentos en que estás fuera.
Y un sentimiento que se abre paso sobre los demás: esa necesidad de fortaleza. Tomar decisiones, ponerte coraza, evitar que las heridas se unan entre sí y rajen órganos vitales.
Sólo en el inmovilismo, en esa vida detenida, en las aguas estancadas, cuando eres incapaz de moverte porque no te responde el cuerpo, solo ahí puedes tomar conciencia de hacia donde quieres ir, razonarlo, decidirlo, poner de tu parte para elegir bien, ponerlo todo en hacer lo mejor.
La esperanza y la felicidad desvirtúan la verdad.

