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miércoles, 2 de abril de 2014

Diario de Lucena VI. El colegio

El domingo pasado estuve en una convivencia de padres y alumnos del colegio de mi sobrino (fuimos también algunos tíos, como puede verse). Fui por algo emocional que no sabía muy bien qué era. Ese colegio es el mismo en el que yo estuve desde los cuatro años hasta los once. La escuela. También estuvieron mis hermanos. Ellos salieron de allí con catorce, cuando había EGB, cuando yo entraba salía mi hermano que tiene pfff de años más que yo. 
Cuando nosotros estábamos allí todos los años se jugaba un partido de fútbol entre maestros y alumnos. Los alumnos, claro, tenían entonces trece o catorce años. Este año se programó un partido entre padres y maestros. Allí que fui yo a mirar. Aunque el colegio ha cambiado muchísimo (han puesto un pabellón cubierto donde antes había una pista de volei y un edificio para el comedor donde antes había un campo de fútbol de albero) siguen estando las escaleras en el mismo sitio, las pistas centrales, el parvulario pintado del mismo amarillo, las mismas persianas de clases al patio, la misma fuente en la esquinita, los mismo árboles. En fin, a lo que iba, entre los maestros, equipo que tuvo que ser reforzado por algún que otro padre, había uno que me había dado clase a mí. Llegó al colegio cuando yo cursaba quinto, creo, durante esos dos años finales fue mi maestro de Educación Física. La verdad es que gracias a él yo encontré y canalicé todas mis habilidades para el deporte (luego las volví a descanalizar cuando descubrí tantos años después la cerveza --y el tabaco--). Cuando cambié el colegio al instituto de secundaria una compañera y yo volvíamos cada tanto tiempo a ver a Rafa, al maestro, después nos hicimos mayores y dejamos de hacerlo.
Mi hermano
Mi hermano jugando contra mi maestro, como aquellos partidos que se hacían entonces, que tantas veces había visto yo cuando mis hermanos eran alumnos. Mi hermano y otros de los padres compartieron también esa pista durante los recreos de hace más de veinte años, para mí hace quince más o menos, mi sobrino (que acaba de entrar) miraba también a mi lado sin imaginar nada de todo esto. Al acabar el partido me acerqué a Rafa. Él me miró un segundo perplejo y me reconoció. Nunca, en mi edad adulta, había hablado con esa persona, el recuerdo no me dejaba muy bien saber quién era o cómo era, solo sabía que lo que el sentimiento --que tiene mucha más memoria me la mente-- me transmitía. Hablamos un rato y apareció mi hermano. Los presenté, Rafa me aduló delante de mi hermano, mi hermano me aduló delante de Rafa (con esa forma de adulación extraña que tenemos en el sur que es demostrar el cariño con ironías, con falsas quejas o casi con insultos). "No digas muchas más cosas, Rafa, que mi hermano se está hinchando", dije. Dentro quizá de veinte años, mi sobrino vivirá algo parecido si el colegio aún resiste en pie y si. Quizá entonces le contemos con nostalgia de ancianos (que no lo seremos, pero así se cuentan siempre los recuerdos infantiles) aquellos años y quizá también este día de fluctuación.


CPIP El Prado

CPIP El Prado


El colegio volvió a mí de otra manera. El pasado fue volviendo y la mente me ha ido pasando durante estos días por muchos otros episodios. Mis hermanos pequeños que eran siempre mayores para mí, mis amigos de entonces y los que aún continúan, las pequeñas anécdotas que no sé porqué recuedo, aquellos maestros; el instituto, mi carácter, mi osadía, mi hiperactividad, la conciencia de mí que tenían los demás, las decepciones, los cambios.

Me gustaba aquella niña. Tenía cosas horribles que en mi familia recuerdan con absoluta nitidez, pero yo recuerdo otras cosas, las cosas buenas que han desaparecido en la mujer adulta que soy ahora. No siempre "de aquellos barros, estos lodos", no siempre.

A veces un lugar puede llegar a ser un Aleph propio.

martes, 17 de septiembre de 2013

Mens sana in corpore sano


Hoy leo en un post de mi admirado y siempre lúcido Jorge F. Bustos un alegato “Contra el deporte” que no ha podido más que... 

Imagen de 1001experiencias

Realmente se somete a un duro examen todo deportista que pretenda ser pasado por un cultivador de la mente en el grado que sea. Sin hablar ya de futbolistas: la mera hipótesis de que puedan en algún momento tomar entre sus manos unas líneas distintas al Marca o el Diario Deportivo puede hacer explosionar algún cerebro. Es bien sabido que nadie se imagina a ningún deportista profesional leyendo el Quijote entre estiramiento y estiramiento. Quiero recordar a Guardiola hablando en alguna entrevista de los libros que leía, o recordar a Solaris en alguno de sus artículos, excepciones probablemente.
Imagen de sport.es
Es quizá en los niveles menos profesionales donde podemos encontrar más, a mi entender, relaciones entre práctica deportiva y práctica erudita. Podría comentar el caso de algún amigo escritor, futbolista una vez por semana, algún amigo montañero y escalador con una amplia y sesuda filosofía de la cultura, o alguna amiga, gran lectora, psicóloga y pichichi de todos los equipos de fútbol que hemos compartido.
Imagen de ElPais.com
Esta discusión, sin embargo, es una discusión para mí un tanto manida. Pero es cierto que se presupone en ciertos ambientes intelectuales un escaso o nulo contacto con el mundo deportivo. Y ahí nos encontramos a algún poeta que afirma escribir con el toc toc tenístico de fondo; a algún que otro colaborador de revistas literarias o escritores a las dos de la mañana comentando en las redes sociales las derechas y las voleas en el último Nadal-Djokovic o a las nueve de la noche la diferencia de 12 puntos en el primer cuarto del España-Australia; posts en los blogs de algunos escritores dedicados al dopaje, a la épica, a la candidatura olímpica o a, por ejemplo, el interminable discurso de Bielsa o el célebre córner de Valdano (un hombre bastante culto, por cierto), a poetas, cuentistas, críticos, filólogos y culturetas en general, reunidos en torno a una televisión gritando ante un gol de Messi como si no hubiese mañana.
Que el circo sea cosa repugnante, que el circo sea abominable, es tan cierto como pueda serlo que el deporte sobre una mente rica pueda ser favorecedor.
La distinción tradicional, como muy bien apunta Jorge, entre el cultivo de la mente y el del cuerpo, no quita que cualquiera o las dos sean elecciones personales, compatibles, o no, superadas ya en su contraposición. Ni que decir tiene que sigue en vigor aquella sátira de Juvenal:

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.
monstro quod ipse tibi possis dare; semita certe
tranquillae per virtutem patet unica vitae.

Se debe orar que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano.
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte,
Que considere el espacio de vida restante entre los regalos de la naturaleza.,
Que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos,
Que no sepa de ira, y esté libre de deseos
Y crea que las adversidades y los terribles trabajos de Hércules son mejores que las satisfacciones, la fastuosa cena y la placentera cama de plumas de Sardanápalo,
Te muestro lo que tú mismo puedes darte, con certeza que la virtud es la única senda para una vida tranquila. 
[Traducción de TadeoKosma M]




IV Encuentro de futbito Narradores vs. Poetas.
Imagen obtenida de El Ojo de Mateo