A mi amigo S. P.
Tengo un amigo que me hace reír. Procura hacerme reír
y yo intento hacerle reír. A diario. Nos hacemos reír. A veces hablamos de
cosas serias y de películas y de libros, pero casi siempre hablamos por
hacernos reír. Nos contamos chistes o anécdotas o criticamos a alguien, siempre
en tono de humor, por hacernos reír.
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Mi amigo |
Me encantaría estar enamorada de
alguien como mi amigo. Pero no. Mi amigo es inteligente, elegante y cultísimo. La
relación que tenemos es siempre positiva y laxa, nunca hay mal rollo ni
sutilezas y lo busco porque necesito esa parte de humor que aporta siempre,
aunque sea absurdamente pesimista y su humor bastante negro. Me encanta que lo
sea, el humor negro requiere de una sensibilidad inteligente muy alta y me
halaga que mi amigo crea que puede reírse conmigo.
El hombre al que amo no me hace reír
igual. Me río de otra forma. Sin embargo, el alma se conmueve cada vez que
hablo con él, y en las pocas veces que hemos bromeado la risa se mezcla con una
extraña euforia de haber alcanzado la felicidad. Reír con él es alcanzar la
perfección. Pero él no se ríe. Para él hay muchas cosas banales que no merecen
su tiempo. Me gusta que sea así porque a mí siempre me insta, sin decirlo, a
preocuparme de las cosas importantes. Pero me hubiese gustado que en el tiempo
en que estuvimos juntos se hubiese acercado un poco a ese precioso placer de
perder el tiempo por pura diversión, a exprimir una broma hasta dejarla seca, a
encontrar más ventajas que desventajas en la culpa por perder el tiempo.
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Yo |
Cuando a mi amigo le hablo del hombre
al que amo se pone serio. Él no me lo dice pero sé que piensa que no tiene
sentido del humor. Pero sí que lo tiene, es su sentido de la responsabilidad el
que no le deja entregarse al humor y al placer de la diversión. Y mi amigo y
yo hacemos bromas sobre el absurdo interés que tenemos en seguir bromeando, y
lo bien que nos iría si fuésemos trabajadores y no dedicásemos tanto tiempo a
reírnos. Pero es que sé que tanto mi amigo como yo sentimos una felicidad
infinita en ese pequeño momento diario de hacernos reír.
Y al final, imagino que el hombre de mi
vida debería estar conmigo y ser siempre como es y admitir que quien me hace reír
es mi amigo. Y que yo necesito reír para estar bien. Y que sin soltar una
carcajada al día no podría soportar el ritmo de vida que él exige.
O bien, yo debería entender que jamás
nos entenderíamos, que la forma de entender la vida es muy distinta para cada
uno, su practicidad y su responsabilidad están para mí en otro nivel y mi
necesidad de frivolizar y bromear para él no ocupan más que diez minutos del sábado
por la noche.
Como el hombre de mi vida no quiere estar
conmigo, yo estoy pasando un luto absolutamente destructivo. Alejándome de mí
misma y perdiendo la dignidad. Pero mi amigo sigue haciéndome reír y me salva.
Y cuando tengo ganas de llorar busco un chiste y se lo mando y él suelta un
exabrupto y me alegra el día, y el luto se disuelve durante unos minutos.
El
día que mi amigo me abandone al otro lado de la risa, la herida será, esa sí,
incurable.