sábado, 14 de enero de 2017

De inicios

Ya la primera vez que habló con ella, quiso dejar claro en seguida que no tenía intención de comprometerse en una relación demasiado seria. Vino a decirle, más o menos:
—Te quiero mucho y desearía, por tu propio bien, que nos pusiéramos de acuerdo para proceder con pies de plomo.
Había tanta prudencia en aquella frase que resultaba difícil creerla dictada por el amor a otro; con un poco más de sinceridad, habría podido ser enunciada en estos términos:
—Mira, me gustas mucho, pero nunca pasarás de ser un juguete en mi vida. Tengo yo otras obligaciones, mi profesión, mi familia...
¿Su familia? No tenía más que una hermana, la cual ni física ni moralmente le suponía un problema; menuda, pálida y, aunque algunos años más joven que él, más vieja por manera de ser o quién sabe si por destino. De los dos, el joven y el egoísta era él, y ella, como una madre que, olvidándose de sí misma, le hubiera dedicado su vida. Lo cual no impedía que hablase de su hermana como de un destino ligado al suyo y pensando encima de él. Y así, sintiendo sobre sus hombros el agobio de tanta responsabilidad, avanzaba por la vida con cautela, evitando todos los riesgos pero también al mismo tiempo el disfrute y la felicidad. A los treinta y cinco años hallaba en su alma el anhelo insatisfecho de placeres y del amor, y ya la amargura de no haber gozado de ellos, y dentro de su cabeza un gran miedo a sí mismo y a la debilidad propia de su carácter, en realidad más bien adivinada que conocida por experiencia.
[...]
—¡Qué raro! Nunca nadie me había hablado así.
No había entendido, y le alagaba verlo asumiendo un papel que no era de su incumbencia: el de alejar de ella un peligro. El afecto que él le brindaba tomó así un cariz dulcemente fraternal.
[...]


Inicio de: Svevo, Italo, Senectud (Acantilado, 2006).
Traducción de Carmen Martín Gaite.



sábado, 26 de noviembre de 2016

El interrogatorio


¿Cómo se llama?
—Porfirio.
¿Quiénes son sus padres?
—Antonio y Margarita.
¿Dónde nació?
—En América.
¿Qué edad tiene?
—Treinta y tres años.
¿Soltero o casado?
—Soltero.
¿Oficio?
—Albañil.
¿Sabe que se le acusa de haber dado muerte a la hija de su patrona?
—Sí, lo sé.
¿Tiene algo más que declarar?
—Que soy inocente.
El juez entonces mira vagamente al acusado y le dice:
—Usted no se llama Porfirio; usted no tiene padres que se llamen Antonio y Margarita; usted no nació en América; usted no tiene treinta y tres años; usted no es soltero; usted no es albañil; usted no ha dado muerte a la hija de su patrona; usted no es inocente.
—¿Qué soy entonces? —exclama el acusado.
Y el juez, que lo sigue mirando vagamente, le responde:
—Un hombre que cree llamarse Porfirio; que sus padres se llaman Antonio y Margarita; que ha nacido en América; que tiene treinta y tres años; que es soltero; que es albañil; que ha dado muerte a la hija de su patrona; que es inocente.
—Pero estoy acusado —objeta el albañil—. Hasta que no se prueben los hechos, estaré amenazado de muerte.
—Eso no importa —contesta el juez, siempre con su vaguedad característica—. ¿No es esa misma acusación tan inexistente como todas sus respuestas al interrogatorio? ¿Como el interrogatorio mismo?
—¿Y la sentencia?
—Cuando ella se dicte, habrá desaparecido para usted la última oportunidad de comprenderlo todo —dice el juez, y su voz parece emitida como desde un megáfono.
—¿Estoy, pues, condenado a muerte? —gimotea el albañil—. Juro que soy inocente.
—No; acaba usted de ser absuelto. Pero veo con infinito horror que usted se llama Porfirio; que sus padres son Antonio y Margarita: que nació en América; que tiene treinta y tres años; que es soltero; que es albañil; que está acusado de haber dado muerte a la hija de su patrona; que es inocente; que ha sido absuelto, y que, finalmente, está usted perdido.

1945


PIÑERA, Virgilio. Extraído de Un fogonazo, 1987


sábado, 16 de julio de 2016

Carmen

Hoy es mi día. Es mi día por cosas de familia. Mis abuelas, las dos, se llamaban Carmen. Ahora no está ninguna. Una murió allá por los años 60, vete a saber por qué enfermedad de pobre murió, pero murió, y no la conocí. La otra, hace cuatro años, a ella la conocí mucho, tanto que daría envidia.
Mi abuela Carmen, la mayor, era una mujer con una vida miserable. Una mujer por decir algo, porque era tratada como ganado. O eso he podido yo deducir, porque lo que es saber aquí nadie sabe nada, todo en esa familia son rumores y recuerdos desprovistos de gravedad gracias al tiempo.
Mi abuela Carmen, la menor, era una mujer con una vida miserable. Desconocía el sentido de la felicidad. Mi abuela Carmen sonrió, delante de mí, un día, allá por 2009 o 2010, un día en que su bisnieto que comenzaba a andar salió corriendo a sus brazos y ella sonrió. Se hizo un silencio general, o eso recuerdo yo, igual el silencio estaba solo en mí, que la miraba asombrada y que a pesar de ser un caso insólito, esa sonrisa suya es la imagen que retengo.
Mis abuelas, Cármenes, eran mujeres de su tiempo, eran mujeres de mi tiempo, eran mujeres a las que yo perdonaría el resentimiento, porque mis abuelas ni siquiera sabían que tenían vidas miserables. Mis abuelas creían que la vida de la mujer era eso, esa esclavitud continua, esa ausencia del deseo propio, ese horrible estar en el mundo esperando a que los días pasen y que se acabe la vida. Sin ningún propósito, sin sueños.
Pero mis abuelas Cármenes, tendrían sueños, quizá el problema es que a nadie les importaba, o eso pensaban ellas, quizá el problema es que nadie las enseñó nunca a detectar esos sueños, y mucho menos (¡impensable!) a seguirlos.
Mi madre me ha contado muchas veces que la elección de mi nombre fue por mi abuela Carmen, la mayor. Aunque a la otra le encantaría la idea, supongo. Me pusieron el nombre estigma, el nombre de Carmen, el nombre lógico de la mujer española, el nombre que carga con la Carmen de España que se regocija de no ser la Carmen de Bizet.
A mí, como Carmen, me ha tocado recoger las Cármenes de mis abuelas y devolverlas al mundo en forma de Carmen maquillada, Carmen moderna, Carmen con carrera, Carmen con sueños, con risas, con deseos, con futuro y con perspectiva.

Pero pasan los años y Carmen pesa, como pesa España, como pesa mi tiempo y el tiempo de mis abuelas. Y Carmen sigue siendo Carmen.

jueves, 17 de marzo de 2016

Se querían

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.
Vicente Aleixandre, en La destrucción o el amor (1935).

jueves, 30 de julio de 2015

Otros espejos

Él se asustó cuando a ella empezaron a sudarle las manos una tarde en que se besaban en el cine. Le pareció excesivo que lo esperase de madrugada a la puerta de su apartamento, soportando la humillación de verlo venir riéndose y abrazado a otras. Lo incomodaba que se hiciera la encontradiza en los bares, que le montara escenas de celos que espantaban a sus amigos. Casi la despreció cuando ella se le arrodilló en mitad de la calle —los coches pitaban, divertidos o indignados— jurándole fidelidad eterna (y lo hizo muchas veces). Cuando él, entre curioso y halagado, dejó de tenerle miedo y le dio el sí, ella se echaba a llorar cada vez que lo hacían, lo que a todas luces se le antojaba excesivo. Y aunque se fueron a vivir juntos, él siguió contemplando con distancia e ironía sus manifestaciones de pasión, y no perdía oportunidad de martirizarla con sarcasmos, hasta que, cansada o convencida, ella comenzó a aceptar las ideas de él, a hacer suyos los razonables discursos sobre los intereses compartidos de aquello que los unía, de modo que se centró en sus estudios y encontró trabajo, un puesto exigente que la mantenía lejos todo el tiempo, y eligió su propio círculo  de amistades, de la misma manera que ya había empezado a decidir cómo vestirse sin consultarle, mientras él iba volviéndose hogareño y sentimental y a menudo se quedaba mirándola en silencio, presa de una indecible ternura, y no había fin de semana que no le escondiera por los rincones del hogar alguna sorpresa, algún regalo, algún detalle. En una ocasión ella le anunció que se marchaba de viaje con unos amigos; que le apetecía, y que no debía poner ningún impedimento. Otro día se despidió sin darle un beso; al siguiente lo saludó de vuelta con una mirada distraída. Su sentimiento crecía con cada nueva manifestación de desapego, y aunque al principio, por abnegación y orgullo, se mantenía callado, no tardó en expresarle su decepción y en aturdirla con letanías que a ella le resultaban francamente fastidiosas. Ella se alejaba, se alejaba, y él acudía a espiarla en secreto a la salida del trabajo, soportando la humillación de verla aparecer rodeada de hombres. Una noche, desesperado, le dijo que la necesitaba, y ella se echó a reír con una mueca descreída. Por la mañana se cortó mientras se afeitaba y dibujó con la sangre un corazón traspasado en el espejo del cuarto de baño, y cuando ella miró el espejo llena de asco y miedo y desdén, él pensó, con la maquinilla todavía en la mano, que el cielo en un infierno cabe, y que todo el sufrimiento del mundo era bien poca cosa comparado con la intensidad de su amor.



Cuento extraído de: Jesús Ortega, Calle Aristóteles, Cuadernos del Vigía, 2011.


Guillermo Pérez Villalta - Las lágrimas de Narciso (2006)

sábado, 11 de julio de 2015

Hot Girls Wanted: Tressa


I like looking at people’s lives over a number of years without continuity. Like catching them in snapshots. And I like the way people relate, or don’t relate, to the people they were earlier.... I think this is why I’m not drawn to writing novels. Because I don’ see that people develop and arrive somewhere. I just see people living in flashes. From time to time.
(Me gusta contemplar la vida de la gente a lo largo de una serie de años sin continuidad. Como si los captara en instantáneas. Y me gusta la forma en que la gente guarda relación o no con quien era anteriormente..... Creo que esa es la razón por la que no me atrae escribir novelas. Porque no veo a la gente en un desarrollo que llega hasta algún lugar. Sólo veo a la gente viviendo a fogonazos. Entre un momento y otro).
 Alice Munro. Hancock, Geoff, “An Interview with Alice Munro”, Canadian Fiction Magazine, 43 (1982)

¿Qué pasa en una chica de pueblo, castigada a vivir una vida que no ha elegido, en un lugar que la condena al anonimato y a la monotonía para siempre, en un lugar sin posibilidades, sin opciones?
El documental Hot Girls Wanted recrea una de las alternativas que tienen estas chicas sobre todo en EE.UU. 
"Hot Girls Wanted" es una de las búsquedas más recurrentes en los portales porno. Son chicas amateur, que comienzan la andadura en la industria. Según el documental, las chicas van en busca de dinero y sexo.
El seguimiento que hace el documental sobre una de las chicas en concreto es muy interesante. Es un cuento de Alice Munro traído a la realidad del siglo XXI, del siglo de la tecnología e internet. 


No la echaron, pero de todas formas dejó el trabajo. Pensó que esto era lo mejor, ya que ella y Cottar habían previsto cambios para el futuro. Kath pensó que tal vez uno de esos cambios fuera un bebé. Tenía la impresión de que la vida, una vez se acababan los estudios consistía en una sucesión de nuevos exámenes que había que aprobar. El primer examen era casarse. Si una no lo había superado al cumplir los veinticinco años, ese examen habría sido, se mirara por donde se mirase, un fracaso. (Kath siempre firmaba como “la señora de Kent Mayberry” con una sensación de alivio y moderada euforia.) Luego venía lo de tener el primer bebé. Esperar un año antes de quedar embarazada era una buena idea. Esperar dos años era un poco más prudente de lo necesario. Y si pasaban tres años la gente comenzaba a extrañarse. Luego, antes o después, llegaba el segundo bebé. Después de eso, la progresión se volvía borrosa y era difícil estar segura de si una había llegado a dondequiera que fuera que estaba yendo.
(Alice Munro, "Yakarta")


Chica joven americana, nacida y criada en un pueblo pequeño, es en el instituto la capitana del equipo de animadoras. La chica, que acompaña a su padre a cazar ciervos y aves, es inteligente, mucho, y comienza a detestar la trampa en la que vive. El espacio vacío que es su pueblo para dar salida a su potencial. Sus compañeras de instituto abandonan la virginidad con 13 y 14 años. Ella, a los 16 lo hace por primera vez con un chico al que "ama". El chico la abandona un mes después. Aquí parece comenzar la inflexión. El abandono en la adolescencia del que ha creído que era (ha alzado como) la salvación para el cepo que la ata, desata una urgencia mayor por escapar de la prisión. El resto del documental no tiene más importancia: busca cómo, se va, tres meses, un novio nuevo, deja el porno, se va con el novio y busca un trabajo en un restaurante. Final feliz, bla bla bla.

Tressa necesitó de esa experiencia para saber que hay más modos de salir del agujero. Tressa necesitó el Abuse Facial para entender qué es el asco. Tressa necesitó 2500 dólares por tres películas bondage para saber que quería parar. Tressa volvió a casa, les contó a sus padres y todo tan americano como el entendimiento y el apoyo. 

El documental adolece de americanismo en muchos casos pero rescata un sentimiento universal: el de escapar de una vida que de tan organizada aburre, que de tan estructurada deja sin opciones y sin libertad a nadie, que de tan idiotizada destruye la razón.

No se puede pedir al documental mucho más, hace su función que es, supongo, mostrar cómo llegan las chicas allí y cómo en algunos casos salen, en otros las echan, en otros no. Pero se agradece que presten atención a la vida de Tressa.


Cartel de Hot Girls Wanted de Jill Bauer y Ronna Gradus. 2015.

Escribo esto porque no sé qué tipo de cosas me han conmovido del documental. He leído alguna mala crítica y es posible que lleven razón. Sin embargo, cada uno, imagino, acaba por prestar atención a aspectos que son propios, a dolores absolutamente personales. La cinta me llamó la atención por la narración acerca de las chicas y el sexo y, sobre todo, por esta frase que aparece en la sinopsis: "una de esas chicas, deseosa de dejar la vida de pueblo pequeño en busca de la libertad". Sin embargo, según pasaban los minutos, los abusos ("una vez allí no sabía si podía decir que no, pero nadie me había dicho que iba a ser violada hasta entonces"), la indecisión, la inseguridad... han vuelto el documental casi como un relato intimista, un juego de realidades.

jueves, 21 de mayo de 2015

Del Arte de los sacrificios

Que alguien te pregunte cómo estás, y espere tu respuesta, ya es novedoso. Pero que alguien te pregunte cómo estás y te pida que lo expliques con una metáfora meteorológica es clarificador. Una niebla, dije, como si se avecinase una tormenta.
Nunca había pensado en si existían talleres de terapia emocional. Qué locura, ¿no? Pues existen. Nunca se me habría ocurrido pisar uno. ¿Estamos volviéndonos locos o qué? Pues lo pisé.
CultivArte de Mar González Vida
Me vi envuelta, sin saber muy bien por qué, en la convocatoria de uno de estos talleres, «CultivArte. Crecer a través del arte. Terapia creativa». Por cumplir con la chica que lo coordinaba, a la que conocía desde poco tiempo atrás y que me resultaba sensata y lúcida, me acerqué. Qué puede pasar, pensé, que esté una hora, conozca a gente y me vaya a casa, pues vamos allá.
Llegado el día, dediqué dos horas y media: una en el taller, otra en ir y volver y media en una librería de camino.
He de reconocer que aún en la librería pensé en abandonar el compromiso. Llegué a pensar, mientras merodeaba entre libros, en distintas excusas que dar a la organizadora. Como siempre rompiendo mi palabra, ese día, compré dos libros (para dos regalos) y me fui, convencida, al taller.
Llegué a la terapia creativo-emocional en un caos sentimental, qué oportuno. En esa excursión hacia el otro lado de la ciudad anduve entre mis imposiciones, mis contradicciones, mis esfuerzos por redimirme con un sacrificio que equilibraría el karma.
Una hora después, desandaba lo andado entre abochornada y contenta. Como es costumbre en los que prejuzgamos con cierta ligereza, me equivoqué. La coordinadora resultó ser no solo ser inteligente y divertida, que ya lo sabía, también era empática, creativa y trabajadora. Había organizado un encuentro provechoso, desconocidos que se divertían y que se interrogaban a sí mismos, a través del asombro y el optimismo.

Al final, el taller se había convertido en un descodificador personal. Me descubrí riendo, haciendo planes, reestructurando el mapa emocional. Y salió el sol, y se vio la Mar.

martes, 12 de agosto de 2014

El odio es...


(29 sept.)
Se odia aquello que se teme, aquello por tanto que se puede ser, que se siente ser un poco. Se odia a uno mismo. Las cualidades más interesantes y fértiles de cada uno son las que cada uno odia más en sí mismo y en los demás. Porque en el odio está todo: amor, ignorancia, misterio y ansia de conocer y poseer. El odio hace sufrir. Vencer el odio es dar un paso en el conocimiento y el control de uno mismo, es justificarse y por tanto dejar de sufrir.
Sufrir es siempre culpa nuestra. 

(3 oct.)
Del “29 sept.” sigue que odiar es necesario. Cada contacto con una nueva realidad comienza con el odio. El odio es un presupuesto del conocimiento. Los malestares prácticos no son odio si no en cuanto salen de la esfera del interés y se convierten en reluctancia ante un desconocido, cosa que en grado [mayor] o [menor] sucede en cualquier caso.



Año 1938 del diario de Pavese:
PAVESE, C. Il mestiere di vivere. Diario 1935-1950. Einaudi, Torino, 2000. (Edizione condotta sull'autografo. A cura di Marziano Guglielminetti e Laura Nay. Introduzione di Cesare Segre.)

Traducción mía. La versión original en italiano la publiqué en marzo de 2010.


jueves, 31 de julio de 2014

El remordimiento


Si hay algún tormento estéril que sea mayor que el de los celos, quizá sea el remordimiento. Incluso es probable que los dolores de la pérdida sean menos intensos; y, como es natural, es frecuente que ambos sufrimientos se combinen, como me sucedía entonces. Hablo de remordimiento, no de arrepentimiento. Dudo de haber experimentado jamás el arrepentimiento en su forma pura; tal vez no exista en forma pura. El remordimiento contiene culpa, pero una culpa impotente y desesperada que no sabe de cura alguna para la dolorosa mordedura. 
Murdoch, Iris. El mar, el mar (1978). Barcelona: Lumen, 2004. 

lunes, 28 de julio de 2014

Provincianismo

Hoy me ha dado nostalgia de cómo trabajaba hace justo un año, como una loca, de estrés hasta los topes. Llena de amor también por lo que hacía, con mucha gana de acabar, creyendo también que después escaparía del infierno. Desde entonces no he hecho mucho de provecho. Así que hoy he vuelto al TFM, a leer sobre Piñera, a mirar a ver qué hacía en aquellos meses terroríficos. Y Piñera me ha explicado muy bien qué es lo que me pasa:

Me había tocado en suerte vivir en una ciudad provinciana, pero esto que no es cosa grave y hasta positiva si se sabe que allá existe una capital en toda la acepción de la palabra, significaba, en el caso nuestro, una tal ausencia de comunicación espiritual y cultural que, a la larga, terminaría por encartonarnos. Vivía, pues, en una ciudad provinciana de una capital provinciana, que, a su vez, formaba parte de seis capitales de provincia provincianas con una capital provinciana de un estado perfectamente provinciano.


 Piñera citado en:
Espinosa, Carlos. Virgilio Piñera en persona (2003). La Habana: Ediciones Unión, 2011.

Cárdenas (Cuba)

domingo, 6 de abril de 2014

Las cosas del reír


A mi amigo S. P.

Tengo un amigo que me hace reír. Procura hacerme reír y yo intento hacerle reír. A diario. Nos hacemos reír. A veces hablamos de cosas serias y de películas y de libros, pero casi siempre hablamos por hacernos reír. Nos contamos chistes o anécdotas o criticamos a alguien, siempre en tono de humor, por hacernos reír.
Mi amigo
Me encantaría estar enamorada de alguien como mi amigo. Pero no. Mi amigo es inteligente, elegante y cultísimo. La relación que tenemos es siempre positiva y laxa, nunca hay mal rollo ni sutilezas y lo busco porque necesito esa parte de humor que aporta siempre, aunque sea absurdamente pesimista y su humor bastante negro. Me encanta que lo sea, el humor negro requiere de una sensibilidad inteligente muy alta y me halaga que mi amigo crea que puede reírse conmigo.
El hombre al que amo no me hace reír igual. Me río de otra forma. Sin embargo, el alma se conmueve cada vez que hablo con él, y en las pocas veces que hemos bromeado la risa se mezcla con una extraña euforia de haber alcanzado la felicidad. Reír con él es alcanzar la perfección. Pero él no se ríe. Para él hay muchas cosas banales que no merecen su tiempo. Me gusta que sea así porque a mí siempre me insta, sin decirlo, a preocuparme de las cosas importantes. Pero me hubiese gustado que en el tiempo en que estuvimos juntos se hubiese acercado un poco a ese precioso placer de perder el tiempo por pura diversión, a exprimir una broma hasta dejarla seca, a encontrar más ventajas que desventajas en la culpa por perder el tiempo.

Yo
Cuando a mi amigo le hablo del hombre al que amo se pone serio. Él no me lo dice pero sé que piensa que no tiene sentido del humor. Pero sí que lo tiene, es su sentido de la responsabilidad el que no le deja entregarse al humor y al placer de la diversión. Y mi amigo y yo hacemos bromas sobre el absurdo interés que tenemos en seguir bromeando, y lo bien que nos iría si fuésemos trabajadores y no dedicásemos tanto tiempo a reírnos. Pero es que sé que tanto mi amigo como yo sentimos una felicidad infinita en ese pequeño momento diario de hacernos reír.
Y al final, imagino que el hombre de mi vida debería estar conmigo y ser siempre como es y admitir que quien me hace reír es mi amigo. Y que yo necesito reír para estar bien. Y que sin soltar una carcajada al día no podría soportar el ritmo de vida que él exige.
O bien, yo debería entender que jamás nos entenderíamos, que la forma de entender la vida es muy distinta para cada uno, su practicidad y su responsabilidad están para mí en otro nivel y mi necesidad de frivolizar y bromear para él no ocupan más que diez minutos del sábado por la noche.
Como el hombre de mi vida no quiere estar conmigo, yo estoy pasando un luto absolutamente destructivo. Alejándome de mí misma y perdiendo la dignidad. Pero mi amigo sigue haciéndome reír y me salva. Y cuando tengo ganas de llorar busco un chiste y se lo mando y él suelta un exabrupto y me alegra el día, y el luto se disuelve durante unos minutos.
          El día que mi amigo me abandone al otro lado de la risa, la herida será, esa sí, incurable.

miércoles, 2 de abril de 2014

Diario de Lucena VI. El colegio

El domingo pasado estuve en una convivencia de padres y alumnos del colegio de mi sobrino (fuimos también algunos tíos, como puede verse). Fui por algo emocional que no sabía muy bien qué era. Ese colegio es el mismo en el que yo estuve desde los cuatro años hasta los once. La escuela. También estuvieron mis hermanos. Ellos salieron de allí con catorce, cuando había EGB, cuando yo entraba salía mi hermano que tiene pfff de años más que yo. 
Cuando nosotros estábamos allí todos los años se jugaba un partido de fútbol entre maestros y alumnos. Los alumnos, claro, tenían entonces trece o catorce años. Este año se programó un partido entre padres y maestros. Allí que fui yo a mirar. Aunque el colegio ha cambiado muchísimo (han puesto un pabellón cubierto donde antes había una pista de volei y un edificio para el comedor donde antes había un campo de fútbol de albero) siguen estando las escaleras en el mismo sitio, las pistas centrales, el parvulario pintado del mismo amarillo, las mismas persianas de clases al patio, la misma fuente en la esquinita, los mismo árboles. En fin, a lo que iba, entre los maestros, equipo que tuvo que ser reforzado por algún que otro padre, había uno que me había dado clase a mí. Llegó al colegio cuando yo cursaba quinto, creo, durante esos dos años finales fue mi maestro de Educación Física. La verdad es que gracias a él yo encontré y canalicé todas mis habilidades para el deporte (luego las volví a descanalizar cuando descubrí tantos años después la cerveza --y el tabaco--). Cuando cambié el colegio al instituto de secundaria una compañera y yo volvíamos cada tanto tiempo a ver a Rafa, al maestro, después nos hicimos mayores y dejamos de hacerlo.
Mi hermano
Mi hermano jugando contra mi maestro, como aquellos partidos que se hacían entonces, que tantas veces había visto yo cuando mis hermanos eran alumnos. Mi hermano y otros de los padres compartieron también esa pista durante los recreos de hace más de veinte años, para mí hace quince más o menos, mi sobrino (que acaba de entrar) miraba también a mi lado sin imaginar nada de todo esto. Al acabar el partido me acerqué a Rafa. Él me miró un segundo perplejo y me reconoció. Nunca, en mi edad adulta, había hablado con esa persona, el recuerdo no me dejaba muy bien saber quién era o cómo era, solo sabía que lo que el sentimiento --que tiene mucha más memoria me la mente-- me transmitía. Hablamos un rato y apareció mi hermano. Los presenté, Rafa me aduló delante de mi hermano, mi hermano me aduló delante de Rafa (con esa forma de adulación extraña que tenemos en el sur que es demostrar el cariño con ironías, con falsas quejas o casi con insultos). "No digas muchas más cosas, Rafa, que mi hermano se está hinchando", dije. Dentro quizá de veinte años, mi sobrino vivirá algo parecido si el colegio aún resiste en pie y si. Quizá entonces le contemos con nostalgia de ancianos (que no lo seremos, pero así se cuentan siempre los recuerdos infantiles) aquellos años y quizá también este día de fluctuación.


CPIP El Prado

CPIP El Prado


El colegio volvió a mí de otra manera. El pasado fue volviendo y la mente me ha ido pasando durante estos días por muchos otros episodios. Mis hermanos pequeños que eran siempre mayores para mí, mis amigos de entonces y los que aún continúan, las pequeñas anécdotas que no sé porqué recuedo, aquellos maestros; el instituto, mi carácter, mi osadía, mi hiperactividad, la conciencia de mí que tenían los demás, las decepciones, los cambios.

Me gustaba aquella niña. Tenía cosas horribles que en mi familia recuerdan con absoluta nitidez, pero yo recuerdo otras cosas, las cosas buenas que han desaparecido en la mujer adulta que soy ahora. No siempre "de aquellos barros, estos lodos", no siempre.

A veces un lugar puede llegar a ser un Aleph propio.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Empatía y egoísmo II

La putada del abandono de la piedad como sociedad moderna es que dejamos en el camino la solidaridad y sobre todo la empatía. 
Cuando era una ferviente cristiana, practicante y creyente, participaba de una falacia preciosa. Pensaba que me equivocase o actuase mal (siempre por error, porque yo era como todas las criaturas del señor, buena, y cuando era mala era porque estaba equivocada) habría al final un perdón, al final Final, pero es que mientras llegaba ese final yo seguiría disfrutando de la piedad y la consideración de dios (Dios, sí, pero mejor dios), a veces era mi madre quien me consolaba el alma, a veces una amiga, a veces yo misma que era capaz de apoyarme en lo que me interesaba de la ley de cristo (sic, otra vez) para perdonarme, justificarme y, casi siempre, victimizarme.
Lo de victimizarme me sigue saliendo bastante bien, por cierto, y si no que se lo digan a algún tipo a quien intenté querer que me lo seguirá reprochando el resto de mis días. Pero eso es lo de menos. Quiero decir que ahora que soy atea (sí, yo no soy agnóstica, yo soy atea, me da pereza pensar en un ser superior o inferior o como sea el ser o el todo) y los valores sociales no responden a la divina naturaleza humana empiezo a cansarme un poco de todo. Antes alguien tenía que consolarme, porque dios así lo manda. Y yo acababa también por consolar a gente, intentaba no hacer sentir mal a nadie (no hagas al prójimo lo que...), intentaba cosas que no siempre salían, eso es cierto, porque a veces consolabas o animabas a gente que sabías que se equivocaba, pero tú, porque tienes que hacer eso, consolabas.
Es parte de la empatía actual, quizá también parte de una reminiscencia de aquella omnipresente ley de dios, pensar en cómo te sentirías tú si te equivocaras y no dejar que ese sentimiento inunde al otro. Es decir, la solidaridad es parte de la empatía, y no siempre responde a buenos sentimientos si no a un egoísmo descentrado, no obstante, el ser fuerte y sin piedad gana adeptos, es bien visto, es admirado, y nunca es despreciado o repudiado.
En los últimos días he visto a gente que carece por completo de empatía, de ese tipo de empatía --aunque se declaran solidarios y abogados de los pobres--, que atacan sin ton ni son al otro. Esta gente que carece de empatía es siempre fuerte y segura y ha de serlo porque carece de la debilidad que procura la piedad y el conocimiento de las penas y los miedos del otro. Esa gente fuerte hace que la gente empática sea débil por un lado, y sufra por otro, pero no solo eso; es decir, el débil empatiza con el dolor del fuerte, que obviamente si se ha sentido atacado ataca, porque duele, y se defiende, el débil empata, como digo, y el fuerte aprovecha esa exhibición de debilidad para atacar (se me perdonen las redundancias y la tautología). Pero eso es así y el débil ha de saber que, por mucho que sienta esa empatía y esa solidaridad para con el fuerte que sufra, no debe meterse en el primer proceso de consolación porque sale escaldado --¡ah, quimera: si es el débil!--, sin embargo, llega la parte que sorprende también al débil: él, machacado y hundido, remonta el vuelo y comienza solo; el fuerte, dolido y fortalecido gracias al hundimiento del débil que él mismo ha provocado, recibe además palmaditas en la espalda, gestos de cariño, de consolación, de solidaridad, de... ¿de qué? 

Los débiles quedan excluidos para siempre de cualquier bondad que se le escape al sentimiento social moderno carente de las obligaciones divinas, esas bondades que aparecen de vez en cuando como por error son reservadas para y acumuladas en la nómina del fuerte.
Siempre, de toda la vida del señor, el reino de los cielos (¡sic!) es para los fuertes; los buenos no existen, son los padres.


Neptuno y Tritón (detalle). Bernini. 1620-1623.
Victoria and Albert Museum de Londres.


Quizá me ha salido un post un poco autoayuda, algo facilón y autocompasivo (aunque yo no he dicho que sea el débil, ¿o sí?). Pero aún siento más haber sido tan políticamente correcta e incorrecta, a la vez, que mi progresismo y mi izquierdismo se pongan en duda, porque para ser un progresista guay y esnob hay que ser fuerte e impío (falto de piedad y contrario a la religión, los dos impíos). Las tendencias están cambiando, quizá.

Bueno, tenía que escribirlo.

lunes, 3 de febrero de 2014

Alice Munro y toda la humanidad


Cuando alguien me ha preguntado por Alice Munro —o cuando he querido explicar todo lo que me produce su lectura en pocas palabras— siempre, aun quedándome corta, la explicación ha virado hacia la certeza de que lo que la hace especial es que habla de la particularidad, de lo sutil, esa forma que tiene de hablar de lo común o lo cotidiano. Pero no solo es eso.
Jesús Ortega escribió en Tendecias 21 con motivo del Nobel: “Sus personajes, sus seres corrientes como tú y como yo, sus mujeres inolvidables, alcanzan siempre una suerte de revelación sobre sí mismos, por grave o modesta que sea, o la revelación permanece escondida para ellos y son los lectores los que la encuentran”. O también: “A Alice Munro le interesa la vida, le apasionan los seres humanos”.

Ayer, leyendo uno de sus cuentos, reparé en que Munro habla de eso pero porque habla de todo. Habla de todo lo que son los seres humanos desde siempre, de la humanidad, de toda la colectividad social encerrada en la sensibilidad extrema de gestos, miradas y reflexiones aparentemente cotidianas, aparentemente banales. Aparentemente. Porque Alice Munro trabaja ese lugar común al que puede acceder tanto el cirujano como la peluquera, el albañil de pueblo o la abogada de ciudad; el lector y el escritor. Es un lugar común al que hemos llegado y nadie sabe cómo, por el simple hecho de existir y relacionarnos.
Este es el pasaje aparentemente insulso y manido, el que cuenta la historia de la humanidad y de la psique humana desde que el mundo es mundo (toma ahí):

En el aparcamiento había un solo coche. Mike se bajó y fue al despacho a pagar mi entrada.
Yo nunca había estado en un campo de golf. Había visto partidos por televisión, una o dos veces y nunca por decisión propia, y tenía la vaga idea de que a ciertos palos se los llamaba hierros, o a ciertos hierros palos, que uno en especial era el niblick y el campo se llamaba link. Cuando le dije eso a Mike, contestó:
—A lo mejor te aburres espantosamente.
—Si me aburro me daré un paseo.
Eso pareció gustarle. Me apoyó en el hombro una mano cálida y dijo:
—Verás cómo te dan ganas.
Mi ignorancia no importaba —desde luego que no tuve que hacer de caddy— y no me aburrí. Mi única tarea era seguir a Mike por donde fuera y mirarlo. En realidad ni siquiera tenía que mirarlo. Podría haber mirado los árboles que bordeaban el campo; eran unos árboles altos de copa plumosa y tronco esbelto, de cuyo nombre yo no estaba segura —¿acacias?— agitados de vez en cuando por un viento que allí abajo no se sentía. También había bandadas de pájaros, mirlos o estorninos, que volaban con una urgencia comunitaria, aunque sólo de una copa a otra. Recordé entonces que eso hacían los pájaros; en agosto o a fines de julio empezaban a celebrar bulliciosas reuniones en masa, preparándose para volar al sur.
De vez en cuando Mike hablaba, pero rara vez a mí. No había necesidad de que yo respondiera, y de hecho no habría podido hacerlo. Me pareció, sin embargo, que hablaba más que si hubiera estado jugando sin compañía. Sus palabras inconexas eran reproches, elogios prudentes o advertencias para él mismo, y en ocasiones no eran casi palabras sino esos sonidos que quieren comunicar un significado, y lo comunican, en la larga intimidad de las vidas vividas en cercanía voluntaria.Se suponía pues que yo debía hacer eso: proporcionarle una noción de sí amplificada, extendida. Una noción más cómoda, podría decirse, un sentido tranquilizador de la soledad propia por donde cada humano se mueve sin hacer ruido. De haber sido yo un hombre, él no habría tenido la misma expectativa, o la solicitud no habría sido tan natural y espontánea. Tampoco si hubiera sido una mujer con quien no creía tener un vínculo establecido.
Todo eso no era producto de mi imaginación. Estaba allí, entero, en el placer que me inundaba mientras caminábamos por el link. Las dolorosas descargas de deseo que me habían recorrido por la noche se habían domesticado y limitado a una delicada llama piloto, atenta, conyugal. Yo lo observaba colocarse, elegir, calcular, ojear, balancearse, y luego miraba el trayecto de la pelota, que a mí me parecía siempre triunfal y a él problemático, hasta el lugar del reto siguiente, de nuestro futuro inmediato.
Caminábamos casi sin hablar. ¿Lloverá?, decíamos. ¿No has sentido una gota? A mí me pareció que sí. A lo mejor no. No era la típica y dudosa charla sobre el tiempo; pertenecía al contexto del juego. ¿Crees que acabaremos la vuelta?
El caso fue que no la acabamos. Hubo una gota de lluvia —indudablemente una gota—, luego otra y por fin un golpeteo. Por encima del campo, Mike miró hacia donde las nubes habían cambiado de color, del blanco al azul plomizo, y sin especial alarma ni decepción dijo:
—Aquí está nuestra lluvia.
Luego se puso a ordenar metódicamente la bolsa.




Fragmento de "Ortigas".

Munro, Alice. Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Traducción de Marcelo Cohen. Barcelona: RBA Libros, 2010 



jueves, 16 de enero de 2014

La aventura de dos esposos

El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que acaba a las seis. Para regresar a casa tenía un largo trayecto que hacía en bicicleta con el buen tiempo y en tranvía en los meses lluviosos e invernales. Llegaba a casa entre las siete menos cuarto y las siete, es decir, unas veces un poco antes, otras un poco después de que sonase la alarma de su mujer, Elide. 
A menudo los dos ruidos: el sonido del despertador y los pasos de él que entraba se superponían en la mente de Elide, alcanzándola al final del sueño, el último sueño denso de la mañana que ella intentaba exprimir todavía unos segundos con la cara hundida en la almohada. Después se levantaba de la cama de un salto y metía los brazos a tientas en la bata, con todo el pelo en los ojos. Se aparecía así, en la cocina, donde Arturo estaba sacando los recipientes vacíos de la bolsa que se llevaba al trabajo: la fiambrera, el termo, y los dejaba en el fregadero. Ya tenía encendida la hornilla y había puesto el café. En cuanto él la miraba, Elide se pasaba una mano por el pelo y abría los ojos con fuerza, como si siempre se avergonzase un poco de esta primera imagen que el marido tenía de ella al entrar en casa, siempre desarreglada, con la cara medio adormilada. Cuando dos personas han dormido juntos es otra cosa, se reencuentran por la mañana evocando el mismo sueño, son iguales.
A veces , sin embargo, era él el que entraba en la habitación a despertarla, con la taza de café, un minuto antes de que sonase la alarma; entonces todo era más natural, para salir del sueño su gesto tomaba una especie de dulzura perezosa, los brazos que se alzaban para estirarse, desnudos, acababan por rodearlo del cuello. Se abrazaban. Arturo llevaba puesto el impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía o había niebla o nevaba, según lo frío o lo húmedo que estaba. Pero igual le decía: —¿Qué tiempo hace? —y él refunfuñaba medio irónico y detallaba los inconvenientes que le habían ocurrido, comenzando por el final: el camino en bici, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía cuando había entrado la noche anterior, y las cosas del trabajo, los rumores que corrían, etcétera.
A aquella hora, la casa estaba siempre poco caldeada pero Elide se había desnudado tiritando un poco y se lavaba en el pequeño cuarto de baño. Detrás venía él, con más calma se desnudaba y se lavaba también, lentamente se quitaba de encima el polvo y el olor del taller. Así estando los dos delante del lavabo, medio desnudos, un tanto entumecidos, dándose de vez en cuando un empujón, quitándose de las manos el jabón, el dentífrico y diciéndose las cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza y, a veces, quizá ayudándose recíprocamente a darse por la espalda, se insinuaba una caricia y se abrazaban.
Pero de repente Elide: —¡Dios! ¡Qué hora es ya! —y corría a ponerse las medias, la falda, todo deprisa, de pie y con el cepillo arriba y abajo por el cabello, acercaba la cara al espejo de la cómoda, con las horquillas sujetas con los labios. Arturo llegaba por detrás, había encendido un cigarrillo y la miraba de pie, fumando y parecía enloquecer cada vez más de tener que estar allí sin poder hacer nada. Elide estaba lista, se ponía el abrigo en el pasillo, se daban un beso, abría la puerta y la oía correr escaleras abajo.
Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de Elide bajar los peldaños y cuando ya no podía oírla la seguía con la mente, aquel trote veloz por el vestíbulo, el portón, la acera, hasta la parada del tranvía. El tranvía, sin embargo, lo sentía bien: chirriar, frenar y la sacudida de la tarima de cada persona que subía. “Ahí está, lo ha cogido”, pensaba y veía a su mujer atrapada en medio de la locura de obreros y obreras del “once” que la llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba el cigarro, bajaba las persianas y, todo oscuro, se metía en la cama.
Aquí la foto
La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse, pero su lado, el de Arturo, estaba casi intacto, como si lo acabasen de estirar. Él se colocaba en su lado, pero pronto alargaba una pierna hacia la otra parte, donde se había quedado el calor de su mujer, después alargaba también la otra pierna, y así, poco a poco, se acomodaba en la parte de Elide, en aquel remanso de calor que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía.
Cuando Elide volvía, de noche, Arturo ya hacía un rato que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa y había puesto algo al fuego. Algunas labores las hacía él en aquellas horas antes de la cena, como hacer la cama, barrer un poco, incluso poner a lavar la ropa. Elide después se lo encontraba todo mal hecho, pero él, a decir verdad, no ponía ningún cuidado: lo que hacía era solo una especie de ritual para esperarla, casi un ir a su encuentro quedándose entre las paredes de casa, mientras fuera se encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de aquella imagen anacrónica de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra de noche.
Al final sentía los pasos por la escalera, distintos de los de la mañana, ahora pesados, porque Elide salía cansada del trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al descansillo, le quitaba la bolsa de la mano y entraban hablando. Ella se tiraba en una silla de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él recogía la compra. Después: —Venga, preparémonos —decía ella, y se levantaba, se quitaba el abrigo y se ponía ropa de casa. Empezaban a preparar la comida: la cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica para la pausa de la una de la noche, el desayuno que tenía que llevarse ella la mañana siguiente y la comida que dejaban preparada para cuando él al día siguiente se levantase.
Ella ya hacía cosas ya se sentaba en la silla de paja y le decía a él lo que tenía que hacer. Él, sin embargo, como era la hora en la que estaba descansado, se prestaba encantado, es más quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza ya en otro sitio. En esos momentos a veces llegaban a un punto de chocar, de decirse alguna palabra fea, porque ella lo habría querido más atento a aquello que hacía, que pusiese más empeño, o bien que estuviese más pegado a ella, le estuviera más cercano, le diese más consuelo. Sin embargo, él, después del primer entusiasmo porque ella había llegado, estaba ya con la cabeza fuera de casa, con la mente en acabar rápido porque tenía que irse.
Preparada la mesa, puestas todas las cosas a mano para no tener que levantarse, llegaba el momento de la tristeza que les daba a los dos de tener tan poco tiempo para estar juntos y casi no conseguían ni llevarse la cuchara a la boca, de las ganas que tenían de estar juntos.
Pero no se había tomado todavía todo el café y él ya estaba detrás de la bicicleta para revisar si estaba todo en orden. Se abrazaban. Arturo parecía que solo entonces entendiese como era de suave y cálida su esposa. Pero se cargaba sobre el hombro la cadena de la bici y bajaba con cuidado las escaleras.
Elide lavaba los platos, revisaba la casa de punta a punta, las cosas que había hecho el marido, sacudiendo la cabeza. Ahora él recorría las calles oscuras, entre los raros faroles, quizá habría pasado ya la gasolinera. Elide se iba a la cama y apagaba la luz. En su lado, acostada, estiraba un pie sobre el lado de su marido para buscar su calor, pero siempre se daba cuenta de que el suyo estaba más cálido, señal de que también Arturo había dormido allí y le invadía una gran ternura.



Título original del cuento "L'avventura di due sposi"
de Calvino, Italo. Gli amori difficili. Milán: Mondadori, 2007 (1993). 

Traducción mía. Pido disculpas.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Diario de Lucena V. Urbanismo

Antes de empezar debería decir que no tengo ni idea de urbanismo pero tengo ojos y oídos y como este es mi blog voy a opinar. La persona que quiera leer esto como una crítica fundada y argumentada sobre los nuevos planes de urbanismo que tiene Lucena puede desde ahora dejar de leer. Dicho esto:


Desde hace unos meses, sería incapaz de recordar o hacer una cuenta medianamente aproximada, Lucena se ha visto envuelta en una maremágnum de obras públicas. Esto traducido por un ciudadano de a pie como lo soy yo sería: vecinos quejándose por la accesibilidad a sus casas, calles cerradas y tráfico desviado, atascos en hora punta que desesperan o trabajo de más para los policías (iba a poner municipales, pero no sé bien si son ellos o la nacional o la guardia civil, ni idea) que dirigen el tráfico. Pero son, obviamente, daños colaterales, porque las calles se están quedando monísimas. 

Por lo visto esto viene del plan de Rehabilitación del Casco Histórico II --el segundo sí, dos, ya ves-- que tiene fondos del Ayuntamiento de Lucena y de Feder (Fondo Europeo de Desarrollo Regional). El caso es que a mí esto no me importa, mientras haya dinero que rehabiliten, eso está bien, hay que rehabilitar que la vida está malísima. Otra cosa es que haya dinero pero ahí no me meto, solo quiero hablar de Urbanismo. Aparece el señor teniente alcalde del municipio, concejal de obras por IU, en la televisión local comentando junto al concejal de Urbanismo por PSOE los nuevos movimientos urbanísticos. Esto es 800000 euros en levantar el centro de la ciudad, incluidas calles o plazas como el Coso (y aquí) que acaban de ser cerradas del, imagino, plan de Rehabilitación del Casco Histórico I y dos millones de euros --ha dicho eso en rueda de prensa, que lo he oído yo, aunque en el periódico diga que se quedó el presupuesto en un millón y pico-- para la rehabilitación de un palacete del siglo XVIII conocido como la Casa de los Mora. Bien. La rehabilitación de esta casa conlleva la conservación de las peculiaridades de la época, los patios, el agua, las flores, los árboles... eso decía este hombre, el agua, las flores, los árboles. Además se espera poder utilizarlo para actos culturales como presentaciones o exposiciones (presentaciones, sí, y exposiciones, eso) y, según he leído en el periódico, algo que no he oído en la tele, no sé si lo ha dicho, que no lo he oído digo, acogerá la sede de la Escuela de Idiomas. Bien, me digo, interesante, me dan ganas de ver la casa remodelada. Entonces, continúa explicando las reformas de las calles del Casco Histórico. En la calle principal de la poco conservada antigua judería de Lucena se colocó, en otro palacete, el de los condes de Hust, que Lucena está petada de palacetes, la biblioteca municipal. Cuando se rehabilitó el edificio se creó un espacio abierto, un patio, que daba justo a la calle, y se colocó entre patio y calle una valla que creaba un efecto de apertura en uno de los extremos de esta calle de la antigua judería de Lucena. Cuando se terminó la obra pensé yo (y esto es un pensamiento mío, aunque creo que es robado de mi primo, que sabe mucho más que yo de todo esto) "vaya, ahora la amplitud visual desvirtúa la sensación de estrechez propia de las calles de la judería", esto es, que entonces la judería ya no estaba, en su lugar había un lugar absolutamente abierto. Bien. Comenta el concejal que la nueva idea es quitar esa vaya e incorporar parte de ese patio a la vía pública con lo que abrimos un poco más la calle estrecha de la judería. Como esto me ha alarmado he comenzado a sospechar de la rehabilitación de la Casa de los Mora. No tendría que dudar de la buena labor de remodelación y conservación pues en los últimos tiempos Lucena ha mejorado artísticamente tratando bien tanto el edificio donde está la biblioteca, como el Palacio de los Condes de Santa Ana o el mismo Hotel Santo Domingo, edificios todos que han conservado parte de su estructura original y que han dado en los tres casos espacios utilizables a la vez que artísticamente recuperados.

Pero esto es Lucena, aquí puede pasar cualquier cosa.



Plaza de España "Coso". Recuperando el empedrado original. Bravo.

Biblioteca municipal de Lucena. Valla. Antiguo Palacio de los condes de Hust del siglo XVII. Calle Flores.


Palacete siglo XVIII. Casa de los Mora-Chacón. Calle Cabrillana.

Palacio de los Condes de Santa Ana. Siglo XVIII. Patio porticado. Calle San Pedro.

Palacio de los Condes de Santa Ana. Fachada.

Hotel Santo Domingo. Patio interior porticado. Antigua Casa-Convento de los Mínimos o Convento de Santo Domingo del siglo XVIII. Calle El agua.

Y ahora ya espero réplicas sobre mi intencionada opinión.