martes, 17 de septiembre de 2013

Mens sana in corpore sano


Hoy leo en un post de mi admirado y siempre lúcido Jorge F. Bustos un alegato “Contra el deporte” que no ha podido más que... 

Imagen de 1001experiencias

Realmente se somete a un duro examen todo deportista que pretenda ser pasado por un cultivador de la mente en el grado que sea. Sin hablar ya de futbolistas: la mera hipótesis de que puedan en algún momento tomar entre sus manos unas líneas distintas al Marca o el Diario Deportivo puede hacer explosionar algún cerebro. Es bien sabido que nadie se imagina a ningún deportista profesional leyendo el Quijote entre estiramiento y estiramiento. Quiero recordar a Guardiola hablando en alguna entrevista de los libros que leía, o recordar a Solaris en alguno de sus artículos, excepciones probablemente.
Imagen de sport.es
Es quizá en los niveles menos profesionales donde podemos encontrar más, a mi entender, relaciones entre práctica deportiva y práctica erudita. Podría comentar el caso de algún amigo escritor, futbolista una vez por semana, algún amigo montañero y escalador con una amplia y sesuda filosofía de la cultura, o alguna amiga, gran lectora, psicóloga y pichichi de todos los equipos de fútbol que hemos compartido.
Imagen de ElPais.com
Esta discusión, sin embargo, es una discusión para mí un tanto manida. Pero es cierto que se presupone en ciertos ambientes intelectuales un escaso o nulo contacto con el mundo deportivo. Y ahí nos encontramos a algún poeta que afirma escribir con el toc toc tenístico de fondo; a algún que otro colaborador de revistas literarias o escritores a las dos de la mañana comentando en las redes sociales las derechas y las voleas en el último Nadal-Djokovic o a las nueve de la noche la diferencia de 12 puntos en el primer cuarto del España-Australia; posts en los blogs de algunos escritores dedicados al dopaje, a la épica, a la candidatura olímpica o a, por ejemplo, el interminable discurso de Bielsa o el célebre córner de Valdano (un hombre bastante culto, por cierto), a poetas, cuentistas, críticos, filólogos y culturetas en general, reunidos en torno a una televisión gritando ante un gol de Messi como si no hubiese mañana.
Que el circo sea cosa repugnante, que el circo sea abominable, es tan cierto como pueda serlo que el deporte sobre una mente rica pueda ser favorecedor.
La distinción tradicional, como muy bien apunta Jorge, entre el cultivo de la mente y el del cuerpo, no quita que cualquiera o las dos sean elecciones personales, compatibles, o no, superadas ya en su contraposición. Ni que decir tiene que sigue en vigor aquella sátira de Juvenal:

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.
monstro quod ipse tibi possis dare; semita certe
tranquillae per virtutem patet unica vitae.

Se debe orar que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano.
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte,
Que considere el espacio de vida restante entre los regalos de la naturaleza.,
Que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos,
Que no sepa de ira, y esté libre de deseos
Y crea que las adversidades y los terribles trabajos de Hércules son mejores que las satisfacciones, la fastuosa cena y la placentera cama de plumas de Sardanápalo,
Te muestro lo que tú mismo puedes darte, con certeza que la virtud es la única senda para una vida tranquila. 
[Traducción de TadeoKosma M]




IV Encuentro de futbito Narradores vs. Poetas.
Imagen obtenida de El Ojo de Mateo

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Presagio: La muerte de Virgilio Piñera



Para el hombre común, lo inexplicable aparece siempre bajo el aspecto de lo catastrófico.

Virgilio Piñera

No hay angustia mayor que la de no saber cuál será el momento exacto de tu  muerte. El protagonista de “El que vino a salvarme”[1] después de presenciar una degollación en los baños de un bar, permanece el resto de su vida ansiando la paz que encontró aquel hombre asesinado cuando vio la hoja de la navaja acercarse a su cuello. La muerte en sí, opina el protagonista, es un hecho  natural e ineluctable y por tanto no ha de ser temida.
El interés que adquiere la muerte en este cuento es fundamental gracias al párrafo final. El narrador-protagonista, en primera persona, nos cuenta cómo en el estado de languidez en que se encuentra a los ochenta años cae en un estado intermedio entre la realidad y la irrealidad. Él mismo, en su lecho de muerte, comenta la llegada del asesino y cómo la muerte desde el retrato de su padre muerto lo está desafiando y él se rebela y le contesta; así cuando reaparece el extraño personaje él ya sabe que va a morir, conoce el momento exacto de su muerte. Con ello llega la paz y muere entre agradecimientos.
Para dotar la narración de toda su validez hemos de considerar las pistas que nos da el narrador. Una de ellas es que las últimas palabras del texto son textuales, del protagonista, dirigidas al verdugo. Por tanto, no aparece ya muerto; el cuento, que hace un repaso por su vida y narra los momentos finales, acaba con una muerte en proceso: el narrador no podría contar desde la muerte, no hay forma de sobrevivir al cuerpo. El entramado parece contarnos una alucinación, un miedo y un deseo llevados al “punto de máxima saturación”[2].
Piñera (1912-1979) murió con un aviso distinto. Un ataque masivo al corazón que le venía rondando sin él haberlo sentido. La noche anterior, cuenta Abilio Estévez, pronunció su “última blasfemia”: “Sabes lo que pasa, Abilio, que yo soy inmortal”[3]. Por la tarde del día siguiente se dispuso a acudir a su cita para jugar a canasta con un amigo médico. Debió de sentirse mal pero su obligación de aparecer en casa del amigo era más fuerte que el dolor. Subió la escalera de casa del médico a pie y llegó en un estado mortal al quinto piso. Ingresó en el hospital prácticamente cadáver. Se veló en la funeraria rodeado de familia y amigos. Como le ocurrió en vida, también muerto habría de sufrir la exclusión. Cabrera Infante diría que la muerte y el funeral de Piñera se convirtieron en una “obra del absurdo” que esta vez no le hubiese tocado escribir sino protagonizar, el féretro aparecía y desaparecía en un marcado intento por parte de las autoridades gubernamentales de evitar que se le llorara como merecía, con flores y plumas. Pocos pudieron asistir al entierro y no aparecieron notas necrológicas en los periódicos latinoamericanos. “Ya volverán las aguas a su lugar”, solía decir él mismo, mas hubo que esperar cinco años tras ese fatídico 18 de octubre de 1979 para que su obra comenzase la restitución de la figura piñeriana para la historia de la literatura. Cuenta Abilio Estévez que el último fin de año que celebró, el de 1978, cuando más duro era su ostracismo, exclamó bailando en medio de la sala que su centenario se celebraría por todo lo alto[4]. El pasado año 2012 fuimos testigos de que no andaba mal encaminado: Cuba organizó en junio el coloquio “Virgilio Piñera tal cual”; se le dedicaron miles de páginas en libros, periódicos, suplementos y revistas. El mundo literario hispánico volvió a celebrar el nacimiento de aquel escritor que murió a deshora. Como apuntara Cabrera Infante parece ser una creación del propio Piñera. Quizá también esta dudosa aproximación al relato de su muerte no sea más que “una broma colosal”[5].




 Publicado originalmente en Ciapafu, Comunidad Iberoamericana de Amigos del Patrimonio Funerario, por Joaquín Zambrano, al que doy las gracias desde aquí.






[1] “El que vino a salvarme” en Piñera, Virgilio. El que vino a salvarme. La Habana: Letras Cubanas, 1987.
[2] “El conflicto” en Piñera, Virgilio. El conflicto. La Habana: Espuela de Plata, 1942.
[3] En: Espinosa, Carlos. Virgilio Piñera en persona. La Habana: Unión, 2003, 366.
[4] En Adsuar Fernández, María Dolores. Los enemigos del alma en los relatos de Virgilio Piñera. Murcia: Universidad de Murcia, 2009, 363.
[5] Título del volumen de poemas póstumo: Piñera, Virgilio. Una broma colosal. La Habana: Unión, 1988.


jueves, 18 de julio de 2013

Arturo


Muchas veces me he preguntado por qué los hombres y mujeres que formaban mi pueblo natal, Cárdenas, no se llamaban todos por el mismo nombre. Por ejemplo, Arturo. Arturo se encuentra con Arturo y le cuenta que Arturo llegó con su hijo Arturo, que su mujer Arturo pronto dará a luz un nuevo Arturo, pero que ella no quiere ser asistida por la partera Arturo sino por la otra partera Arturo, que es cuñada de su cuñado Arturo, madre del precioso Arturo cuyo padre trabaja en la fábrica de Arturo… 
Y por supuesto, mi familia formaba parte del clan Arturo. Mi padre-Arturo —modesto agrimensor— se había casado con mi madre-Arturo —modesta maestra. De esa unión habían nacido seis Arturo. Nos acompañaba amorosamente una tía-Arturo, la que al correr de los años se cambiaría en una monja-Arturo. La arturidad de nuestra casa se sincronizaba con la del resto de los habitantes de Cárdenas: levantarse a una hora, acostarse a otra, bañarse a tal y comer a más cual. A los niños, ultra aniñados, se les repetía: “Los niños hablan cuando las gallinas orinan”, lo cual daba, con los años, unos niños perfectamente idiotizados. En cuanto a la alimentación, contribuía “eficazmente” a formar una juventud famélica. ¡Así vivíamos!


Fragmento de Virgilio Piñera
en Espinosa, Carlos. Virgilio Piñera en persona. La Habana: Ediciones Unión, 2011.


martes, 2 de julio de 2013

Añoranza

Nunca he sentido añoranza, porque nunca he tenido que tenerla y siempre he sido racional en cuanto a mis sentimientos. Como nada he hecho de mi vida, nada tengo que recordar con añoranza; he podido tener esperanzas, porque lo que no existe puede serlo todo; hoy no tengo ni esperanzas, porque no veo razón por la cual el futuro tenga que ser diferente del pasado. Hay quien puede tener añoranza del pasado, sólo por el hecho de que haya pasado, y hay quien incluso el mal pasado le parece algo bueno por el hecho de haber sido y, por tanto, por lo que éramos cuando sucedió. Nunca pude dar tanta importancia a la mera abstracción del tiempo, hasta el punto de tener que sentir pena por mi pasado sólo porque no puedo volver a tenerlo, o sólo porque era entonces más joven de lo que soy ahora. Esa forma de sentir pena por el pasado, cualquiera, aunque sea un inepto, puede tenerla; y yo repudio cuando sea común a todos.
Nunca he tenido añoranza. No hay época en mi vida que no recuerde con sinsabor. En todas fui el mismo: el que perdió el juego o desmereció lo poco de la victoria. 
Sí, tuve esperanzas, porque todo es tener esperanzas o morir.


El esfuerzo cada vez más difícil, la esperanza cada vez más tardía, la desemejanza entre lo que soy y lo que supe que podría ser se acentúa cada vez más en la noche de mi futilidad implacable.

Barón de Teive



En: Pessoa, Fernando, La educación del Estoico, Barcelona: Acantilado, 2007.
Traducción de R. Villagrassa. 



lunes, 8 de abril de 2013

De iniciar cuentos


Cuando, en casa de María Rosa, Jorge Michel contó una vez más, ante varios testigos, la historia o sucedido a Atilio Matías y María Pupo, sospeché que el narrador había llegado a un punto de perfección admirable, amenazado sin dudas por la declinación y la podre en previsibles, futuras reiteraciones. 
Por eso, sin propósito mayor, intento transcribir ahora mismo la versión referida, para preservarla del tiempo; de sobremesas futuras. 
Lo sucedido, que no es relato ni roza la literatura, es, más o menos, esto: 
Para mí, ya lo saben, los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o lo que cargan; y después averiguar qué hay detrás de esto, y detrás, hasta el fondo definitivo que no tocaremos nunca. Si algún historiador atendiera el viaje del telegrafista quedaría satisfecho consignando que durante el gobierno de Iriarte Borda, el paquebote Anchorena partió del puerto de Santa María con un cargamento de trigo y lana destinado a países del este de Europa. 
No mentiría; pero la mejor verdad está en lo que cuento, aunque, tantas veces, mi relato haya sido desdeñado por anacronismos supuestos.

Fragmento, "Matías el telegrafista", de 1973, de Onetti, Juan Carlos, Cuentos completos, Madrid: Alfaguara, 2009.

Uno de los mejores inicios de cuento que he leído últimamente. Un maestro. 

viernes, 29 de marzo de 2013

El cambio


El amigo esperaba a las dos parejas. Iban por fin los amantes a reunirse en su carne, y justo es confesar que el amigo había preparado las cosas con tacto exquisito. Pero exigió, a cambio de la dicha inmensa que les proporcionaba, que todo fuese consumado en la más absoluta tiniebla y en el silencio más estricto. Así, llegados a su presencia los amantes, les hizo saber que la última cámara iluminada que contemplarían en el transcurso de su memorable noche carnal era esta que ahora los alumbraba a todos. Entonces, tras las consiguientes protestas de cortesía y las frases de estilo, se pusieron en marcha por una pequeña galería que desembocaba frente a lo que el amigo decía que eran las inmensas puertas de dos cámaras nupciales.
            Ya el trayecto por dicha galería había sido consumado en la más definitiva oscuridad. El amigo, que no tenía necesidad del poder de la luz, les hizo saber que estaban a la entrada del paraíso humano, y que a una señal suya las puertas se abrirían para dejar paso a los eternos amantes hasta ahora separados por las inevitables asechanzas del destino.
            De pronto, un movimiento de terror hubo de producirse: parece que un golpe de viento levantó rudamente la túnica de las damas, las cuales, aterrorizadas, se apartaron de sus amantes y fueron a estrecharse enloquecidas contra el pecho del amigo, que estaba en el centro de aquel extraño grupo. El amigo, sonriendo levemente, y sin romper la consigna dada, las tomó por las muñecas y, obligándolas a un breve giro las cambió, de tal suerte que cada una de ellas fue a quedar en brazos del amante que no le correspondía. Estos, como caballos bien amaestrados, aguardaban, silenciosos y tensos. Pronto el orden quedó restablecido y a una señal del amigo se abrieron las puertas y entraron por ellas los amantes trocados.
            Allí, en la cámara carnal, se prodigaron las caricias más refinadas e inauditas. Guardando una gratitud y un respeto amoroso al juramento empeñado, no pronunciaron ni siquiera el comienzo de una letra, pero se cumplieron en el amor hasta agotar, como se dice, «la copa del placer». Entre tanto, el amigo, en su cámara iluminada, se retorcía de angustia. Pronto saldrían de las otras cámaras los amantes y comprobarían el horrible cambio y su amor quedaría anulado por el hecho insólito que es haberlo realizado con objetos que les eran absolutamente indiferentes.
            El amigo se dio a pensar en varios proyectos de restitución: de inmediato desechó el que consistiría en llevar a las damas a una cámara común para de allí restituirlas, ya trocadas rectamente, a sus respectivos amantes. Solución parcial: por ejemplo, cualquiera de las damas podía caer en sospecha de que algo anormal ocurría en virtud de ese paseo de una cámara oscura a una cámara iluminada. De pronto, sonrió el amigo. Dio una palmada y llegaron al instante dos servidores. Deslizó algunas palabras en sus oídos y estos desaparecieron volviendo poco después armados de un diminuto punzón de oro y unas enormes tijeras de plata. El amigo examinó los instrumentos y acto seguido indicó a los servidores las puertas nupciales. Entraron estos y, tanteando en las tinieblas, se apoderaron de las mujeres y rápidamente les cercenaron la lengua y les sacaron los ojos, haciendo cosa igual con los hombres. Una vez desposeídos de sus lenguas y de sus ojos fueron conducidos a presencia del amigo, quien los espera en su cámara iluminada.
            Allí les hizo saber que, deseando prolongar para ellos aquella memorable noche carnal, había ordenado que dos de sus criados, armados de punzones y tijeras, les vaciaran los ojos y les cercenaran la lengua. Al oír tal declaración, los amantes recobraron inmediatamente su expresión de inenarrable felicidad y por gestos dieron a entender al amigo la profunda gratitud que los embargaba.
            Así vivieron largos años en una dicha ininterrumpida. Por fin les llegó la hora de la muerte, y, como perfectos amates que eran, les tocó la misma mortal dolencia y el mismo minuto para morir. Visto lo cual, el amigo sonrió levemente y decidió sepultarlos, restituyendo a cada amante su amada, y, por consiguiente, a cada amada su amante. Así lo hizo, pero como ellos ya nada podían saber, continuaron dichosamente su memorable noche carnal.


[Virgilio Piñera, 1944. Del libro Cuentos fríos.
En Piñera, Virgilio, Cuentos completos. Madrid: Alfaguara, 1999.]. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Tan triste como ella

Querida Tantriste:
Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso. Intento excusarme --sólo para nosotros, claro-- invocando la dificultad que impone navegar entre dos aguas durante X páginas. Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía.
J. C. O.

Inicio de "Tan triste como ella", de Onetti, Juan Carlos. Cuentos completos. Madrid: Alfaguara, 2009.

domingo, 24 de febrero de 2013

Fuga tercera


Amado: Aquí frente al mar ancho y magnífico pienso en ti.
El sol es como un manto caliente y me hace sentir una pereza inmensa. ¡Cómo brilla el agua! ¡A veces tengo ganas de reírme sin razón! ¡No sé qué siento!
Me acuerdo de un día que fuimos hasta el final del muelle cogidos del brazo. ¡Qué felices éramos! Me sentía entonces emocionada como ahora entre el mar, la tarde y tú.
Aún no me doy bien cuenta de lo que he hecho ni puedo pensar en más consecuencias que las que me impulsaron a venirme.
¿Te acuerdas de este verano maravilloso que hemos pasado juntos? ¿Sabes cada hora de sol, de luz y de risas, cada beso tuyo, cada momento luminoso cuántas lágrimas me costaba luego? Siempre pagué a precio bien subido mi dicha. Por eso la aprecio tal vez, tanto.
Has sido para mí de todo, desde la pena honda a la alegría fuerte de vivir… has sido… tú lo sabes.
Tú sabes qué oscura, qué fría era la parte de mi vida en la que no entrabas tú. Qué agria mi casa, qué horrible.
Hace tres días ­­─¿fue solo hace tres días?─ cuando me dijisteque te ibas de la isla para siempre, qué angustiada, qué gris se me volvió de repente la vida.
Ya sabes qué felices acabábamos de ser estos últimos días cuando mi padre y mi madrastra se marcharon por fin, como pensaban, al extranjero.
Ya sabes cuánto habíamos reído, cuánta luz verde y azul y dorada hemos bebido juntos por los anchos campos que abren siempre su perspectiva azul de mar. Y de repente, tú te ibas…
Me viste llorar por una vez y no me da vergüenza. No puede avergonzar llorar por un dolor tan grande.
Porque tú eres ─¿no lo sabías?─ la primera, la honda, la gran ilusión de mi vida.
Porque yo estaba segura de que si te ibas, te perdía para siempre, y contigo todas mis cosas claras. Yo sabía que no me mandaría mi padre a casa de los parientes, a donde ahora voy a estudiar, como me había prometido, “este invierno”. Porque hasta que llegue el invierno han de pasar demasiadas cosas. Ha de estallar de un momento a otro una guerra terrible en la que no sabemos si será neutral nuestro propio país, sería difícil entonces que me dejaran, sola, atravesar el mar… Y las promesas son promesas sólo y promesas vagas…
Por eso, mi vida, rompí ayer las viejas huchas de mis ahorros de niña, por eso sin decirte nada, estoy aquí, en la cubierta de tercera de un barco, sentada en un rollo de cuerdas, mirando al mar.
Por eso para ir hacia ti, me he fugado alejándome de ti. Cuando tú llegues, dentro de dos, de tres semanas, yo estaré allí, contigo. Si viene una guerra la pasaremos juntos y nuestra novela ─rosa y azul como los cuentos de hadas─ seguirá sus capítulos hasta el fin. Nunca me arrepentiré de lo que he hecho aunque por ello tenga que llorar lágrimas de sangre…
Yo no he conocido una emoción más loca, más embriagadora y más de pleno triunfo que ésta que se siente de ir apartando obstáculos para una fuga…
Y anoche, amado mío, cuando bajo las estrellas del muelle se fue alejando la isla… ¡Yo no he sido ni podré ser nunca tan tuya! Nunca, ni si me hubiera ido contigo te hubiera podido dar más. Porque entonces ─¿no lo comprendes?─ habrías estado tú conmigo para hacer frente a la situación, habríamos sido dos, para ese terrible pago de consecuencias que viene siempre ─¿crees que no lo sé?─ después de cualquier cosa de estas que tenga un átomo de maravilla.
Ahora soy yo sola la que voy, a la aventura, por ti, para ti, sin ti…
Yo no sé si te darás cuenta de cuántas cosas hay en todo esto que de tan hondas no se pueden expresar ni escribir…
¡Yo estoy contenta! El mar canta una canción salvaje, blanca y azul contra los costados del buque y mi corazón la recoge y la siento respirar como una gran caracola. No quiero pensar y sólo me gusta sentirme vivir mientras llego… Después…
¡No me importa nada ese después…! Todo en el mundo se paga y no quiero que sea pequeño el precio de esa inefable y azul locura que cuando se tienen 17 años representa cruzar el mar, sin permiso de nadie, para esperar el amor…


Carmen Laforet, Cartas a don Juan. Cuentos completos. Menoscuarto, 2007

lunes, 7 de enero de 2013

La misma lluvia



Mirá, no es una relación como la que tuvimos nosotros, ¿no? La verdad, con Esteban es mucho más tranquilo, respeta mi trabajo, respeta mi vida, yo lo respeto mucho a él. Y, bueno, no sé, yo pensaba que lo otro, que ese fuego era amor, ¿no? Y ahora me doy cuenta de que no, de que te quema y nada más. Entendí que el amor es otra cosa, que tiene más que ver con el compromiso, con las cosas compartidas, con la seguridad, con la confianza. Eso es amor. No esa cosa adolescente de Romeo y Julieta que... A mí ya no me engachás con un cuento o pintándome un retrato. Tú sabes que además cuando yo me propongo algo...

***

El amor, el egoísmo, la pasión. ¿Quién me manda a escribir sobre cosas que no tengo la mayor idea, sobre el miedo tendría que escribir yo. El Miedo: cátedra. Por miedo te perdí, por miedo laboro en algo que odio y por miedo fallé al resto. Yo que siempre pensé que lo que tocara se iba a convertir en oro, mirá ahora, todo lo que toco se convierte en mierda...




"El mismo amor, la misma lluvia"


jueves, 3 de enero de 2013

De Balseros

A pesar de lo difícil que fue la vida en Cuba para mí yo, dentro de toda esa dificultad, yo tuve de todo. Yo me vestí con las mejores ropas de la maison, ¿eh? Yo tenía los mejores zapatos, los mejores perfumes. Y eso lo sabe en Cuba todo aquel que me conoció. Que por dondequiera que yo pasaba se sentía mi aroma, de café, ese es mi perfume preferido, el Café. Aquí es donde vivimos desde que nos vinimos para acá, para Albuquerque. Esta es mi casa. Cuando yo llegué aquí, a Albuquerque, yo empecé a ver aquí a todo el mundo vendiendo droga y todo el mundo buscándose la vida como pueda. Y ahí empecé. Con el dinero de esa droga yo estuve comiendo y viviendo hasta la fecha de hoy. Y fue bien difícil porque no tiene uno paz y tranquilidad nunca. Es un ambiente de pistolas, balas, tiros, cuchillos, puñaladas, policía, la federal. Y yo siempre viví así. El dinero va y viene, un día tienes otro día no tienes. Yo pienso tener este negocio por dos o tres meses más y salirme de él. Hay muchos policías y muchos federales y todo eso. Si yo me muriera yo pienso que voy a morir porque era mi hora, era mi tiempo. Si yo no tengo qué comer, el mundo no me da nada, yo lo tengo que buscar. Italia, me encantaría ir a Italia, sobre todo a Roma, la capital, me encantaría ir, si te digo, a cualquier parte del mundo, pero a mí me encantaría más regresar a mi país. Mi país es mi país. Y las playas de mi país es lo más lindo que hay. Y cómo las extraño. Si yo volviera a ver el mar de nuevo yo creo que lloraría de alegría.
 

["Balseros", 1994, está co-dirigida por los periodista Carles Bosch y Josep Mª Domènech, David Trueba colaboró en el guión.
Para saber más: RPSUR.
Y para ver el documental: Cuba Democracia y Vida.]

viernes, 14 de septiembre de 2012

Vidas minúsculas


Llegaron otras cartas, anuales o bianuales, que contaban de una vida lo que quería decir su protagonista, y que él sin duda creía haber vivido: había sido empleado forestal,  «cortador de madera», por último, dueño de una plantación; era rico. Nunca me detuve a soñar con esas cartas, de timbres y mastasellos raros —Kokombo, Malamasso, Grand-Lahou—,  que han desaparecido; creo leer lo que jamás leí: hablaba en ellas de acontecimientos ínfimos y de felicidades enanas, de la estación de las lluvias y de las amenazas de guerra, de una flor metropolitana que había logrado injertar; de la pereza de los negros, del brillo de los pájaros, de lo caro que era el pan; se mostraba bajo y noble; daba la seguridad de sus sentimientos más cordiales.
También pienso en aquello de lo que no hablaba: algún secreto insignificante nunca revelado —no por pudor, sin duda, sino, lo que es equivalente, porque el material lingüístico del que disponía era demasiado reducido para exponer lo esencial, y su orgullo demasiado inflexible para permitir que lo esencial se encarnara en palabras humildemente aproximadas—, algún exceso del espíritu en torno a un boato irrisorio, un deleite vergonzoso por todo aquello que le faltaba. Lo sabemos, pues esa es la ley: no consiguió lo que quería; era demasiado tarde para admitirlo: ¿de qué sirve apelar, cuando se sabe que la condena será perpetua, que ya no habrá aplazamiento ni segunda oportunidad?



Michon, Pierre, Vidas minúsculas, Anagrama, Barcelona, 2002.
Traducción de Flora Botton-Burlá.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Pero no por abril

Si has de venir, ven una de esas tardes
enlutadas de invierno,
que no tendré un vecino, ni un hombro, ni una sola
sílaba a que arrimar el peso de mis sombras,
pero al menos habrán de acompañarme
los perros erizados que hurgan en las basuras,
o esa lluvia que arrastra
periódicos y fango y pañuelitos mustios,
o esos trenes perdidos cuyo silbido llega
desde lo más extraño de la tarde.

Pero no por abril. No cuando cada instante
improvisa un verdor
y todo es trino y todo son colegialas rosas
y para hablar del mundo solo sirve
la palabra sonrisa.
No por abril, te pido, porque entonces
no me acompañará ni una hoja rota: todo
me será ajeno, todo
hará mi soledad más soledad.
3 - V - 78
 
 
 
Miguel D'Ors, El misterio de la felicidad. Antología poética. Renacimiento, Sevilla, 2009
 
 

jueves, 23 de agosto de 2012

Despedida

Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.

JLB


viernes, 15 de junio de 2012

Ser feliz...


Posso ter defeitos, viver ansioso e ficar irritado algumas vezes, mas não esqueço de que minha vida é a maior empresa do mundo.
E que posso evitar que ela vá à falência.
Ser feliz é reconhecer que vale a pena viver, apesar de todos os desafios, incompreensões e períodos de crise…
Ser feliz é deixar de ser vítima dos problemas e se tornar um autor da própria história…
É atravessar desertos fora de si, mas ser capaz de encontrar um oásis no recôndito da sua alma…
É agradecer a Deus a cada manhã pelo milagre da vida…
Ser feliz é não ter medo dos próprios sentimentos…
É saber falar de si mesmo…
É ter coragem para ouvir um "não"…
É ter segurança para receber uma crítica, mesmo que injusta…
Pedras no caminho?
Guardo todas, um dia vou construir um castelo...

Fernando Pessoa

miércoles, 4 de abril de 2012

Diario de Lucena. El abuelo (I)

Dos días llevo escuchando a mi abuelo cantar. Recuerdo que ha cantado siempre. Él que es de chascarrillo fácil, de dicho y proverbio: siempre canción antes que refrán.

 Mi abuelo, Antonio (Lucena, 1927).

Hoy ha sido curioso el día. Solo me he sentido bien acompañándolo y escuchándolo. Después de comer se ha acostado y se me ha bajado el alma a los pies. Mi abuelo tiene devoción fervorosa por mí. Creo que ha creído siempre que yo sería su nieta, la nieta, la suya. De pequeña, de pequeña pequeña, me cuenta mi madre (y yo quiero recordar algo) que me pasaba el día pegada al abuelo. La adolescencia fue complicada en esta relación y como al padre era complicado matarlo, yo maté al abuelo. Salté una generación y renegué cualquier cosa que pudiese ser mi abuelo. Peleas y riñas se sucedieron hasta que abandoné el pueblo. Una vez fuera, cada vez que regresaba, volvía intentar ser su nieta, la nieta, la suya. Intenté hace años que me contase de su infancia (también con mi abuela, pero a ella contar no le interesa). La infancia de mi abuelo no existe. Sus recuerdos comienzan en la posguerra y ya, con 13 años, no había tiempo de juegos ni de líos ni de nada. Imagino que por eso canta, porque por algún sitio le tiene que salir la infancia.

Como ha sido imposible que cante despacio para escribir las letras, las letras que dejo son más o menos lo que he pillado y lo que mi madre recuerda.
De aquí vengo, de aquí:



Que si fue que si vino 
cáscara pepino 
pechuga de trompo 
¿Quieres ser mi novia 
ahora por lo pronto? 


***


Anda vete con la otra, 
supuesto que tienes dos, 
la otra tiene dinero 
pero más vergüenza no. 


***


Tienes una cinturita
que anoche te la medí
con la cincha de mi burra
catorce vueltas le di 
y me sobró una poquita.


***


Y quieres que te cante 
como si fuese poeta 
ahora verás: 
las pavas no tienen tetas 
porque dios no se las ha dao 
pero las tiene tu hermana 
que yo se las he palpao.


***


Eres tan alto y finito 
como el hinojo 
lo que tienes de alto 
lo tienes de flojo.


***


Te pusiste y dijiste 
en una casa de juego 
que tú te casas conmigo 
eso será si yo quiero.


***


Tú piensas que yo cantando 
tengo el corazón alegre
yo soy como el ruiseñor
que en no cantando se muere.


***


Los poetas afamados
no beben vino ni aguardiente
que se beben los meaos
de las cabritas calientes.


***


Dorotea era una muchacha
que vivía en la calle Hidalgo.
Se casó muy jovencita
con un cura extraordinario.
El día que te vea, Dorotea,
asomada a la ventana, rosa clara,
te voy a partir la cara, so marrana.


***


Despreciaste mi cariño 
por un hombre que tenía mucho dinero.
Que tenía mucho dinero
lo has visto vestido de caballero
a tu reja se ha acercado a cuatro pies.
Soy un hombre y no puedo mantener
el orgullo que requiere tu persona.
Que requiere tu persona.
Ese rico es el que a ti te ilusiona
y orgullosa morirás sin un real.
Y por eso te verás:
aprovecha lo que a otra le ha sobrao.
Lo que a otra le ha sobrao.
Que el que tanto te quería te ha olvidao
y de entonces comprendí tu mal talento.
Y por eso me revuelco en el plumero
de las pavas que contigo yo he pelao.




Y seguirá habiendo cosas que contar, ahora que pasaré días enteros con él. Seguiré escuchando.


miércoles, 15 de febrero de 2012

Max Muerte.

No se culpe a nadie de mi muerte. Me suicido porque de no hacerlo, seguramente, con el tiempo, te olvidaría. Y no quiero.


“De suicidios”, Mucha Muerte, Max Aub (Cuadernos del Vigía, 2011)





Contraepitafio:

Todo o nada.

Aquí queda eso.

“Epitafios”, Mucha Muerte, Max Aub (Cuadernos del Vigía, 2011)

 

 
 
 
[A veces resulta que el destino y las matemáticas se alían. 
El éxito es sobreponerse al pasado reciclándolo.
Recordar es mirar fotos de familiares.
Carecer complétamente de nostalgia amorosa te da la oportunidad de echarte de menos a ti misma.
Lo que fuiste se transformó en lo que eres, querer volver a aquello es querer destruir la evolución natural. ¿Qué pensaría Darwin de la melancolía?]
 


jueves, 19 de enero de 2012

El precursor de Cervantes

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.


La foto es de aquí

[Marco Denevi, Falsificaciones, Buenos Aires, Editorial Eudeba, 1966. (Se reedita en 1969 una nueva versión y en 1984 aparece una edición muy aumentada y corregida)].


viernes, 23 de diciembre de 2011

La verdad de las mentiras

“Las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos”, escribió Valle Inclán. Se refería sin duda a cómo son las cosas en la literatura, irrealiad a la que el poder de persuasión del buen escritor, y la credulidad del buen lector confieren una precaria realidad. 
Para casi todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía, el trampolín que dispara la imaginación en su vuelo impredecible hacia la ficción. Recuerdos e invenciones se mezclan en la literatura de creación de manera a menudo inextricale para el propio autor, quien aunque pretenda lo contrario, sabe que la recuperación del tiempo perdido que puede llevar a cabo la literatura es siempre un simulacro, una ficción en la que lo recordado se disuelve en lo soñado y viceversa. 
Por eso la literatura es el reino por excelencia de la ambigüedad. Sus verdades son siempre subjetivas, verdades a medias, relativas, verdades literarias que con frecuencia constituyen inexactitudes flagrantes o mentiras históricas. Aunque la cinematográfica batalla de Waterloo que aparece en Los miserables nos exalta, sabemos que esa fue una continda que libró y ganó Victor Hugo, y no la que perdió Napoleón. O, para citar un clásico valenciano medieval, la conquista de Inglaterra por los árabes que describe el Tirant le Blanc es totalmente convincente y nadie se atrevería a negarle verosimilitud con el mezquino argumento de que en la historia real jamás un ejército árabe atravesó el Canal de la Mancha.

Mario Vargas Llosa

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Memorable

La foto es de allí. La luz es de aquí.
Ahora, después de exámenes y con la ilusión de pensar que es posible acabar la licenciatura pronto, me ha dado por leer. Cuando duermo en casa, sola (ejem), leo. Cansada y con sueño, leo. 
Pues resulta que leyendo en el blog de Jabois una entrada sobre Sampedro, he descubierto que existe un "estilo" de utilizar las exclamaciones entre paréntesis. La intertextualidad en internet llega a la exageración asombrosa. De Jabois llegué al blog de José Antonio Montano y este se "autolinkeaba" (¡alucinante!) con una entrada en la que hablaba justo de esto: las exclamaciones entre paréntesis que él había leído y visto por primera vez en Bernhard... Maravilloso.
Maravilloso porque resulta que leyendo el manuscrito de la novela de una amiga, la transgresión a la norma y los nuevos estilos me han abofeteado. Es también el libro de Paul Viejo, Los ensimismados. Es el libro de Miguel Ángel Zapata, Esquina inferior del cuadro. Son todos juegos de estilo brillantes y apasionantes, que no se han inventado ellos. Que ya se ha hecho, que ya se hacía, que nos sorprende pero que no es nuevo. Que el propio Montano recuerda, por ejemplo, que Gil de Biedma usaba las exclamaciones a la inglesa: solo al final.
Pero que ya lo hacemos nosotros. Son transgresiones ya tildar el solo o el guion. Y nos sorprende, en este caso, cuando se hace y cuando no.
Pues resulta también que ahora cuando me pregunten si sé algo de Benhard diré que es el de las exclamaciones entre paréntesis (y que me reí mucho con el fragmento de la Carcoma que colgó Montano). Eso que nos sorprende es memorable, diría.
Recuerdo cuentos completos que podría recontar incluso. Podría recontar "La continuidad de los parques" o "El aleph". Podría recontar "Los crímenes de la casa Morgue". Podría recontar "Tres rosas amarillas" o "La metamorfosis". Hay otros casos en que relees algún cuento y de pronto, en el segundo párrafo (a veces antes) te das cuenta que podrías recontarlo, como me pasó hace unos días con "La muerte tiene permiso". 
He hablado últimamente mucho sobre la intención al escribir un cuento. Ortega (no el de Gasset, sino el de Calle Aristóteles, Jesús) mantenía en una de estas conversaciones que aspiraba a que sus cuentos en algún lector fuesen memorables. Memorables. Retomo El clavo en la pared con la intención de ver antigüedades, lo retomo como quien busca reírse de una foto de EGB de un amigo, como reírse de aquella época (hace cuatro años que publicó aquel libro) en la que no sabía lo que le ha dado tiempo a aprender en el tiempo que ha pasado desde entonces. Pues lo retomo y encuentro precisamente este concepto "memorable". 
Leo el primer cuento, "El zurdo". Se ha hablado de ese cuento en las presentaciones del segundo libro. Para Jorge Rubio, por ejemplo, ese cuento es memorable. Lo leo y como si no lo hubiese leído nunca. Pienso en la estructura trabajada de ese cuento, en el "andamio que no se ve". Pero no es eso lo que me interesa del cuento, pienso, y me obligo a releerlo, para fijarme, pero el cuento no me deja. Pienso en que es posible que ni llegase a leerlo. Sería raro pero es posible. Y llego al final y encuentro lo que buscaba y me río. Y leo el segundo cuento, "Bésame", y en el segundo párrafo pienso "de qué me suena a mí..." y sí, lo leo hasta el final, y me fijo en más cosas que la primera vez que lo leí (en el estilo, por ejemplo, que comparte tantas cosas con los cuentos nuevos, y me río, con una risa distinta de la que me produjo el final del primer cuento), consciente de que no era la primera vez. Porque ese cuento sí, se había quedado ahí, como levitando, como latente, agazapado... durante años.
Me pregunto cuánto de persistente tendrá el tema de las exclamaciones entre paréntesis de Benhard en mi memoria. Me pregunto que si encuentro de nuevo dentro de unos años a Benhard o incluso unos paréntesis con exclamaciones me acordaré de todo esto, si me acordaré del fragmento de la Carcoma.
Porque lo memorable se queda con más o menos nitidez en los pliegues de la memoria. Lo memorable no es curioso, no es un tema de moda. Lo memorable es al leerlo una lucecita en la que no se repara, una sonrisa de sorpresa interna, un segundo de silencio y reflexión inconsciente, porque no es el fogonazo de unas exclamaciones entre paréntesis. Es una luz que se queda ahí. Encendida siempre.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Laudatio: Calle Aristóteles, Jesús Ortega

Imagen de: Imagina Fotolog


Jesús Ortega es un tipo observador. Jesús Ortega sabe quien es el otro con solo mirarlo. Jesús Ortega entiende el sentido de una mirada, de una sonrisa, de un gesto. Jesús Ortega es tan serio que disfruta del sentido del humor constantemente.
Jesús Ortega está siempre al tanto de las últimas tendencias narrativas y literarias. Jesús Ortega conoce la tradición literaria como si llevase leyendo siglos. Jesús Ortega podría ser poeta. Jesús Ortega podría ser ensayista y crítico. Jesús Ortega a veces es poeta (aunque no escriba poesía), es ensayista y es crítico. Jesús Ortega siempre es cuentista, siempre es narrador. Jesús Ortega sabe qué es el cuento.
Jesús Ortega es intenso, emotivo, cruel, piadoso. Jesús Ortega escribe mientras vive. Jesús Ortega hace que su ficción se cuele entre las rendijas de la vida. Jesús Ortega cuelga la vida en toda narración.

Calle Aristóteles es más y menos que Jesús Ortega. Es literatura fuera del autor, es literatura inexorablemente unida a su autor. Es un estilo cuidado, que se queda debajo, que levanta dramas, tragedias, sentimientos; un estilo preciso y discreto, justo, exacto, admirable. Calle Aristóteles reivindica la narrativa real. La narrada. La historia, el cuento, la vida, lo imposible, lo alcanzable. Calle Aristóteles es duro, cortante, mordaz. Es indulgente, amable, benévolo.

Calle Aristóteles transporta a Jesús Ortega de nuevo a la vida literaria para dejarlo ahí.

Y como muestra una piedra de la Calle:

De todas formas, es imposible que mi padre deje de parecer un mendigo allá donde vaya, en las tiendas, en el médico, en la parada del autobús. Habría que cambiarlo por entero y convertirlo en otra persona, no servirían afeites parciales ni soluciones de emergencia. Solo había que mirar el aspecto del salchichón y los plátanos que había echado como comida en la bolsa de mano. Volví a sentirme culpable de no haber dedicado al viaje de mi padre más de una hora y media.
“Una hora y media”

Tenía todo el día para pensar en la desdichada historia de su familia, pero era en el autobús, en esos minutos iniciales de la mañana, rodeada de gente que iba a trabajar, cuando los recuerdos la acorralaban y la angustia se hacía insoportable. Había cambiado el tiempo de pronto y ya era otoño. Vio paraguas desplegarse en las calles.
“Último samurái envolvente”

[Nota 1 sobre Calle Aristóteles, de Jesús Ortega (Cuadernos del Vigía, 2011)]