jueves, 16 de enero de 2014

La aventura de dos esposos

El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que acaba a las seis. Para regresar a casa tenía un largo trayecto que hacía en bicicleta con el buen tiempo y en tranvía en los meses lluviosos e invernales. Llegaba a casa entre las siete menos cuarto y las siete, es decir, unas veces un poco antes, otras un poco después de que sonase la alarma de su mujer, Elide. 
A menudo los dos ruidos: el sonido del despertador y los pasos de él que entraba se superponían en la mente de Elide, alcanzándola al final del sueño, el último sueño denso de la mañana que ella intentaba exprimir todavía unos segundos con la cara hundida en la almohada. Después se levantaba de la cama de un salto y metía los brazos a tientas en la bata, con todo el pelo en los ojos. Se aparecía así, en la cocina, donde Arturo estaba sacando los recipientes vacíos de la bolsa que se llevaba al trabajo: la fiambrera, el termo, y los dejaba en el fregadero. Ya tenía encendida la hornilla y había puesto el café. En cuanto él la miraba, Elide se pasaba una mano por el pelo y abría los ojos con fuerza, como si siempre se avergonzase un poco de esta primera imagen que el marido tenía de ella al entrar en casa, siempre desarreglada, con la cara medio adormilada. Cuando dos personas han dormido juntos es otra cosa, se reencuentran por la mañana evocando el mismo sueño, son iguales.
A veces , sin embargo, era él el que entraba en la habitación a despertarla, con la taza de café, un minuto antes de que sonase la alarma; entonces todo era más natural, para salir del sueño su gesto tomaba una especie de dulzura perezosa, los brazos que se alzaban para estirarse, desnudos, acababan por rodearlo del cuello. Se abrazaban. Arturo llevaba puesto el impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía o había niebla o nevaba, según lo frío o lo húmedo que estaba. Pero igual le decía: —¿Qué tiempo hace? —y él refunfuñaba medio irónico y detallaba los inconvenientes que le habían ocurrido, comenzando por el final: el camino en bici, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía cuando había entrado la noche anterior, y las cosas del trabajo, los rumores que corrían, etcétera.
A aquella hora, la casa estaba siempre poco caldeada pero Elide se había desnudado tiritando un poco y se lavaba en el pequeño cuarto de baño. Detrás venía él, con más calma se desnudaba y se lavaba también, lentamente se quitaba de encima el polvo y el olor del taller. Así estando los dos delante del lavabo, medio desnudos, un tanto entumecidos, dándose de vez en cuando un empujón, quitándose de las manos el jabón, el dentífrico y diciéndose las cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza y, a veces, quizá ayudándose recíprocamente a darse por la espalda, se insinuaba una caricia y se abrazaban.
Pero de repente Elide: —¡Dios! ¡Qué hora es ya! —y corría a ponerse las medias, la falda, todo deprisa, de pie y con el cepillo arriba y abajo por el cabello, acercaba la cara al espejo de la cómoda, con las horquillas sujetas con los labios. Arturo llegaba por detrás, había encendido un cigarrillo y la miraba de pie, fumando y parecía enloquecer cada vez más de tener que estar allí sin poder hacer nada. Elide estaba lista, se ponía el abrigo en el pasillo, se daban un beso, abría la puerta y la oía correr escaleras abajo.
Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de Elide bajar los peldaños y cuando ya no podía oírla la seguía con la mente, aquel trote veloz por el vestíbulo, el portón, la acera, hasta la parada del tranvía. El tranvía, sin embargo, lo sentía bien: chirriar, frenar y la sacudida de la tarima de cada persona que subía. “Ahí está, lo ha cogido”, pensaba y veía a su mujer atrapada en medio de la locura de obreros y obreras del “once” que la llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba el cigarro, bajaba las persianas y, todo oscuro, se metía en la cama.
Aquí la foto
La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse, pero su lado, el de Arturo, estaba casi intacto, como si lo acabasen de estirar. Él se colocaba en su lado, pero pronto alargaba una pierna hacia la otra parte, donde se había quedado el calor de su mujer, después alargaba también la otra pierna, y así, poco a poco, se acomodaba en la parte de Elide, en aquel remanso de calor que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía.
Cuando Elide volvía, de noche, Arturo ya hacía un rato que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa y había puesto algo al fuego. Algunas labores las hacía él en aquellas horas antes de la cena, como hacer la cama, barrer un poco, incluso poner a lavar la ropa. Elide después se lo encontraba todo mal hecho, pero él, a decir verdad, no ponía ningún cuidado: lo que hacía era solo una especie de ritual para esperarla, casi un ir a su encuentro quedándose entre las paredes de casa, mientras fuera se encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de aquella imagen anacrónica de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra de noche.
Al final sentía los pasos por la escalera, distintos de los de la mañana, ahora pesados, porque Elide salía cansada del trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al descansillo, le quitaba la bolsa de la mano y entraban hablando. Ella se tiraba en una silla de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él recogía la compra. Después: —Venga, preparémonos —decía ella, y se levantaba, se quitaba el abrigo y se ponía ropa de casa. Empezaban a preparar la comida: la cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica para la pausa de la una de la noche, el desayuno que tenía que llevarse ella la mañana siguiente y la comida que dejaban preparada para cuando él al día siguiente se levantase.
Ella ya hacía cosas ya se sentaba en la silla de paja y le decía a él lo que tenía que hacer. Él, sin embargo, como era la hora en la que estaba descansado, se prestaba encantado, es más quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza ya en otro sitio. En esos momentos a veces llegaban a un punto de chocar, de decirse alguna palabra fea, porque ella lo habría querido más atento a aquello que hacía, que pusiese más empeño, o bien que estuviese más pegado a ella, le estuviera más cercano, le diese más consuelo. Sin embargo, él, después del primer entusiasmo porque ella había llegado, estaba ya con la cabeza fuera de casa, con la mente en acabar rápido porque tenía que irse.
Preparada la mesa, puestas todas las cosas a mano para no tener que levantarse, llegaba el momento de la tristeza que les daba a los dos de tener tan poco tiempo para estar juntos y casi no conseguían ni llevarse la cuchara a la boca, de las ganas que tenían de estar juntos.
Pero no se había tomado todavía todo el café y él ya estaba detrás de la bicicleta para revisar si estaba todo en orden. Se abrazaban. Arturo parecía que solo entonces entendiese como era de suave y cálida su esposa. Pero se cargaba sobre el hombro la cadena de la bici y bajaba con cuidado las escaleras.
Elide lavaba los platos, revisaba la casa de punta a punta, las cosas que había hecho el marido, sacudiendo la cabeza. Ahora él recorría las calles oscuras, entre los raros faroles, quizá habría pasado ya la gasolinera. Elide se iba a la cama y apagaba la luz. En su lado, acostada, estiraba un pie sobre el lado de su marido para buscar su calor, pero siempre se daba cuenta de que el suyo estaba más cálido, señal de que también Arturo había dormido allí y le invadía una gran ternura.



Título original del cuento "L'avventura di due sposi"
de Calvino, Italo. Gli amori difficili. Milán: Mondadori, 2007 (1993). 

Traducción mía. Pido disculpas.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Diario de Lucena V. Urbanismo

Antes de empezar debería decir que no tengo ni idea de urbanismo pero tengo ojos y oídos y como este es mi blog voy a opinar. La persona que quiera leer esto como una crítica fundada y argumentada sobre los nuevos planes de urbanismo que tiene Lucena puede desde ahora dejar de leer. Dicho esto:


Desde hace unos meses, sería incapaz de recordar o hacer una cuenta medianamente aproximada, Lucena se ha visto envuelta en una maremágnum de obras públicas. Esto traducido por un ciudadano de a pie como lo soy yo sería: vecinos quejándose por la accesibilidad a sus casas, calles cerradas y tráfico desviado, atascos en hora punta que desesperan o trabajo de más para los policías (iba a poner municipales, pero no sé bien si son ellos o la nacional o la guardia civil, ni idea) que dirigen el tráfico. Pero son, obviamente, daños colaterales, porque las calles se están quedando monísimas. 

Por lo visto esto viene del plan de Rehabilitación del Casco Histórico II --el segundo sí, dos, ya ves-- que tiene fondos del Ayuntamiento de Lucena y de Feder (Fondo Europeo de Desarrollo Regional). El caso es que a mí esto no me importa, mientras haya dinero que rehabiliten, eso está bien, hay que rehabilitar que la vida está malísima. Otra cosa es que haya dinero pero ahí no me meto, solo quiero hablar de Urbanismo. Aparece el señor teniente alcalde del municipio, concejal de obras por IU, en la televisión local comentando junto al concejal de Urbanismo por PSOE los nuevos movimientos urbanísticos. Esto es 800000 euros en levantar el centro de la ciudad, incluidas calles o plazas como el Coso (y aquí) que acaban de ser cerradas del, imagino, plan de Rehabilitación del Casco Histórico I y dos millones de euros --ha dicho eso en rueda de prensa, que lo he oído yo, aunque en el periódico diga que se quedó el presupuesto en un millón y pico-- para la rehabilitación de un palacete del siglo XVIII conocido como la Casa de los Mora. Bien. La rehabilitación de esta casa conlleva la conservación de las peculiaridades de la época, los patios, el agua, las flores, los árboles... eso decía este hombre, el agua, las flores, los árboles. Además se espera poder utilizarlo para actos culturales como presentaciones o exposiciones (presentaciones, sí, y exposiciones, eso) y, según he leído en el periódico, algo que no he oído en la tele, no sé si lo ha dicho, que no lo he oído digo, acogerá la sede de la Escuela de Idiomas. Bien, me digo, interesante, me dan ganas de ver la casa remodelada. Entonces, continúa explicando las reformas de las calles del Casco Histórico. En la calle principal de la poco conservada antigua judería de Lucena se colocó, en otro palacete, el de los condes de Hust, que Lucena está petada de palacetes, la biblioteca municipal. Cuando se rehabilitó el edificio se creó un espacio abierto, un patio, que daba justo a la calle, y se colocó entre patio y calle una valla que creaba un efecto de apertura en uno de los extremos de esta calle de la antigua judería de Lucena. Cuando se terminó la obra pensé yo (y esto es un pensamiento mío, aunque creo que es robado de mi primo, que sabe mucho más que yo de todo esto) "vaya, ahora la amplitud visual desvirtúa la sensación de estrechez propia de las calles de la judería", esto es, que entonces la judería ya no estaba, en su lugar había un lugar absolutamente abierto. Bien. Comenta el concejal que la nueva idea es quitar esa vaya e incorporar parte de ese patio a la vía pública con lo que abrimos un poco más la calle estrecha de la judería. Como esto me ha alarmado he comenzado a sospechar de la rehabilitación de la Casa de los Mora. No tendría que dudar de la buena labor de remodelación y conservación pues en los últimos tiempos Lucena ha mejorado artísticamente tratando bien tanto el edificio donde está la biblioteca, como el Palacio de los Condes de Santa Ana o el mismo Hotel Santo Domingo, edificios todos que han conservado parte de su estructura original y que han dado en los tres casos espacios utilizables a la vez que artísticamente recuperados.

Pero esto es Lucena, aquí puede pasar cualquier cosa.



Plaza de España "Coso". Recuperando el empedrado original. Bravo.

Biblioteca municipal de Lucena. Valla. Antiguo Palacio de los condes de Hust del siglo XVII. Calle Flores.


Palacete siglo XVIII. Casa de los Mora-Chacón. Calle Cabrillana.

Palacio de los Condes de Santa Ana. Siglo XVIII. Patio porticado. Calle San Pedro.

Palacio de los Condes de Santa Ana. Fachada.

Hotel Santo Domingo. Patio interior porticado. Antigua Casa-Convento de los Mínimos o Convento de Santo Domingo del siglo XVIII. Calle El agua.

Y ahora ya espero réplicas sobre mi intencionada opinión. 


miércoles, 25 de septiembre de 2013

Defensa pública TFM (Tesina)


La focalización en la intención del autor: 
la cuentística de Virgilio Piñera

UGR: Máster en Estudios Latinoamericanos: Cultura y gestión.
Trabajo Fin de Máster.

Granada, 20 de septiembre de 2013

Buenos días. Antes de comenzar quiero dar las gracias a aquellos que me han apoyado, aconsejado y soportado durante la gestación de este trabajo. Un agradecimiento especial a mi tutor, Ángel Esteban.
El trabajo que presentamos a este tribunal está dirigido a ocupar un vacío teórico en los cuentos del cubano Virgilio Piñera. El objetivo fue detectar al autor en el acto mismo de elegir la focalización de cada una de las piezas. Esta elección está condicionada por un lado por el objetivo final del relato, es decir, por el efecto pretendido sobre el lector, y por otro, por las obsesiones y los vicios que mueven al autor, no siempre de manera consciente.
Para ello hemos trabajado con ideas ya vertidas de otros críticos y teóricos y hemos aportado algún dato que ninguna de las obras consultadas nos facilitaba.
Relacionar, en primer lugar, a Piñera con una ideología marcada, después con un estilo o una corriente artística, y por último, con él mismo, unos cuentos con otros, en busca de semejanzas y repeticiones que confirmen las hipótesis obtenidas de los análisis anteriores.
Relacionamos a Piñera con el existencialismo, el existencialismo marxista o histórico principalmente como es ya por todos sabido, sin embargo, hemos querido incluir las concomitancias que puede tener tanto con el Nietzsche de la lucha y la irreverencia, que en Piñera es posible rastrearlo en la irreverencia lingüística; como con la relación del poder con el saber en el discurso de Foucault. Dedicamos además una pequeña parte del estudio a Camus y al corsi e ricorsi, el eterno retorno. Cae por su propio peso la relación de nuestro autor con una corriente artística. Teniendo cuenta la importancia del teatro en toda su obra, no podíamos dejar pasar una breve semblanza de lo que el teatro del absurdo ha de significar en la cuentística de Piñera, lo que el teatro del absurdo aportó como germen principal de la narrativa del absurdo. En el caso del cubano, de una especial relevancia debido sobre todo a que nos encontramos obras teatrales que se adscriben a esta corriente, y cómo no a sus semejanzas con Alfred Jarry o su simpatía con el espíritu sartriano. En narrativa, no es menos importante la relación de Piñera con la percepción literaria de Kafka. En este sentido era especialmente importante la relación entre angustia vital (existencialista) y recreación artística.
En cuanto al análisis de los cuentos, hemos querido organizar nuestra investigación en distintas claves tautológicas —obsesiones rastreables que dejan al descubierto la intención primera de la escritura de los relatos—.
El poder, el deseo, el miedo o la metaliteratura, agrupan la mayor parte de los cuentos piñerianos, donde la distancia del narrador con la situación evidencia esa corriente del absurdo por un lado y por otro nos permite reconocer la intención del autor en cuanto a la elección de la distancia como procedimiento para la ironía y el sarcasmo, la denuncia de la propia contradicción y de la lucha velada, el inmovilismo, el deseo de felicidad escondido en la irrealidad y lo ilógico —lo imposible, quizá, visto siempre desde el marco de la verosimilitud, desde la propia lógica del discurso—.

Los cuentos de Virgilio Piñera están cargados de significación en cuanto a la estructura formal. La estructura participa del sentido de la narración.
El análisis de las claves narrativas nos ha proporcionado el escrutinio ideal de un proceder específico en la creación. Nuestro descubrimiento ha sido, sobre todo, la identificación de la elección de la focalización como una función narratológica más, situada en la génesis de la escritura. La intención del autor condiciona esta elección que está tomada partiendo tanto de presupuestos intencionados como de postulados congénitos al autor, y conjuntamente determinan la reconstrucción de la ideología del artista, así como el sentido de la obra.
En la elección del punto de vista, el autor no solo está coaccionado por su propio gusto, ni solo por la estética formal de la pieza; en la focalización se esconden el deseo de mostrar nítidamente aquel sentimiento obsesivo particular del cuento y la aspiración de adscribir la obra a una corriente literaria de la que participa ideológicamente. Las dos intenciones veladas en la elección de la focalización, actúan cada una a favor de la otra estableciendo en esta elección el punto central de la intención, el paso medio entre la ideología y la obra.
Por otro lado, el análisis teórico de las obras —podemos inferir— proporciona conocimientos que alcanzan un campo más amplio que el meramente estético. El estilo queda constituido no solo por la forma escrita sino también por la intención del autor, y queda definido como el resultado de la interjección entre la idea motora y la realización práctica.
En efecto, consideramos que las claves estudiadas, así como las obsesiones relacionadas con la muerte, la angustia o el fracaso, participan de una funcionalidad conjunta de la narratología. Es decir, las obsesiones preceden al elemento artístico que las determina, mientras que las claves son establecidas una vez compuesto (o delimitado) el corpus completo de la escritura.

Por otro lado, nos hemos percatado de las múltiples vías de interpretación a las que se prestan los textos estudiados. Con esto concluimos en que un corpus literario como el producido por Virgilio Piñera dialoga con toda la literatura contemporánea, entendida esta como la literatura del siglo XX y XXI y aquella que se mantiene activa.
La valoración de esta investigación radica su optimismo en la conclusión de que cualquier estudio, basado en cualquier presupuesto formal, podría tener cabida en la interpretación de la cuentística piñeriana. Muestra esta, y este es el principal punto de apoyo, una facilidad mayor para la interpretación hermenéutica debido, sobre todo, a la fuerte carga simbólica, a la participación activa de la literatura vanguardista del siglo precedente y a unos presupuestos ideológicos asegurados aún hoy en medio de la arrastrada crisis de la modernidad.

Este estudio demuestra bajo nuestro punto de vista que una mente contradictoria, rica, efervescente e inconformista, sea cual sea la elección de su vida, puede otorgar una forma consciente de representación a su inestable seguridad interna mediante la literatura.




martes, 17 de septiembre de 2013

Mens sana in corpore sano


Hoy leo en un post de mi admirado y siempre lúcido Jorge F. Bustos un alegato “Contra el deporte” que no ha podido más que... 

Imagen de 1001experiencias

Realmente se somete a un duro examen todo deportista que pretenda ser pasado por un cultivador de la mente en el grado que sea. Sin hablar ya de futbolistas: la mera hipótesis de que puedan en algún momento tomar entre sus manos unas líneas distintas al Marca o el Diario Deportivo puede hacer explosionar algún cerebro. Es bien sabido que nadie se imagina a ningún deportista profesional leyendo el Quijote entre estiramiento y estiramiento. Quiero recordar a Guardiola hablando en alguna entrevista de los libros que leía, o recordar a Solaris en alguno de sus artículos, excepciones probablemente.
Imagen de sport.es
Es quizá en los niveles menos profesionales donde podemos encontrar más, a mi entender, relaciones entre práctica deportiva y práctica erudita. Podría comentar el caso de algún amigo escritor, futbolista una vez por semana, algún amigo montañero y escalador con una amplia y sesuda filosofía de la cultura, o alguna amiga, gran lectora, psicóloga y pichichi de todos los equipos de fútbol que hemos compartido.
Imagen de ElPais.com
Esta discusión, sin embargo, es una discusión para mí un tanto manida. Pero es cierto que se presupone en ciertos ambientes intelectuales un escaso o nulo contacto con el mundo deportivo. Y ahí nos encontramos a algún poeta que afirma escribir con el toc toc tenístico de fondo; a algún que otro colaborador de revistas literarias o escritores a las dos de la mañana comentando en las redes sociales las derechas y las voleas en el último Nadal-Djokovic o a las nueve de la noche la diferencia de 12 puntos en el primer cuarto del España-Australia; posts en los blogs de algunos escritores dedicados al dopaje, a la épica, a la candidatura olímpica o a, por ejemplo, el interminable discurso de Bielsa o el célebre córner de Valdano (un hombre bastante culto, por cierto), a poetas, cuentistas, críticos, filólogos y culturetas en general, reunidos en torno a una televisión gritando ante un gol de Messi como si no hubiese mañana.
Que el circo sea cosa repugnante, que el circo sea abominable, es tan cierto como pueda serlo que el deporte sobre una mente rica pueda ser favorecedor.
La distinción tradicional, como muy bien apunta Jorge, entre el cultivo de la mente y el del cuerpo, no quita que cualquiera o las dos sean elecciones personales, compatibles, o no, superadas ya en su contraposición. Ni que decir tiene que sigue en vigor aquella sátira de Juvenal:

orandum est ut sit mens sana in corpore sano.
fortem posce animum mortis terrore carentem,
qui spatium vitae extremum inter munera ponat
naturae, qui ferre queat quoscumque labores,
nesciat irasci, cupiat nihil et potiores
Herculis aerumnas credat saevosque labores
et venere et cenis et pluma Sardanapalli.
monstro quod ipse tibi possis dare; semita certe
tranquillae per virtutem patet unica vitae.

Se debe orar que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano.
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte,
Que considere el espacio de vida restante entre los regalos de la naturaleza.,
Que pueda soportar cualquier clase de esfuerzos,
Que no sepa de ira, y esté libre de deseos
Y crea que las adversidades y los terribles trabajos de Hércules son mejores que las satisfacciones, la fastuosa cena y la placentera cama de plumas de Sardanápalo,
Te muestro lo que tú mismo puedes darte, con certeza que la virtud es la única senda para una vida tranquila. 
[Traducción de TadeoKosma M]




IV Encuentro de futbito Narradores vs. Poetas.
Imagen obtenida de El Ojo de Mateo

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Presagio: La muerte de Virgilio Piñera



Para el hombre común, lo inexplicable aparece siempre bajo el aspecto de lo catastrófico.

Virgilio Piñera

No hay angustia mayor que la de no saber cuál será el momento exacto de tu  muerte. El protagonista de “El que vino a salvarme”[1] después de presenciar una degollación en los baños de un bar, permanece el resto de su vida ansiando la paz que encontró aquel hombre asesinado cuando vio la hoja de la navaja acercarse a su cuello. La muerte en sí, opina el protagonista, es un hecho  natural e ineluctable y por tanto no ha de ser temida.
El interés que adquiere la muerte en este cuento es fundamental gracias al párrafo final. El narrador-protagonista, en primera persona, nos cuenta cómo en el estado de languidez en que se encuentra a los ochenta años cae en un estado intermedio entre la realidad y la irrealidad. Él mismo, en su lecho de muerte, comenta la llegada del asesino y cómo la muerte desde el retrato de su padre muerto lo está desafiando y él se rebela y le contesta; así cuando reaparece el extraño personaje él ya sabe que va a morir, conoce el momento exacto de su muerte. Con ello llega la paz y muere entre agradecimientos.
Para dotar la narración de toda su validez hemos de considerar las pistas que nos da el narrador. Una de ellas es que las últimas palabras del texto son textuales, del protagonista, dirigidas al verdugo. Por tanto, no aparece ya muerto; el cuento, que hace un repaso por su vida y narra los momentos finales, acaba con una muerte en proceso: el narrador no podría contar desde la muerte, no hay forma de sobrevivir al cuerpo. El entramado parece contarnos una alucinación, un miedo y un deseo llevados al “punto de máxima saturación”[2].
Piñera (1912-1979) murió con un aviso distinto. Un ataque masivo al corazón que le venía rondando sin él haberlo sentido. La noche anterior, cuenta Abilio Estévez, pronunció su “última blasfemia”: “Sabes lo que pasa, Abilio, que yo soy inmortal”[3]. Por la tarde del día siguiente se dispuso a acudir a su cita para jugar a canasta con un amigo médico. Debió de sentirse mal pero su obligación de aparecer en casa del amigo era más fuerte que el dolor. Subió la escalera de casa del médico a pie y llegó en un estado mortal al quinto piso. Ingresó en el hospital prácticamente cadáver. Se veló en la funeraria rodeado de familia y amigos. Como le ocurrió en vida, también muerto habría de sufrir la exclusión. Cabrera Infante diría que la muerte y el funeral de Piñera se convirtieron en una “obra del absurdo” que esta vez no le hubiese tocado escribir sino protagonizar, el féretro aparecía y desaparecía en un marcado intento por parte de las autoridades gubernamentales de evitar que se le llorara como merecía, con flores y plumas. Pocos pudieron asistir al entierro y no aparecieron notas necrológicas en los periódicos latinoamericanos. “Ya volverán las aguas a su lugar”, solía decir él mismo, mas hubo que esperar cinco años tras ese fatídico 18 de octubre de 1979 para que su obra comenzase la restitución de la figura piñeriana para la historia de la literatura. Cuenta Abilio Estévez que el último fin de año que celebró, el de 1978, cuando más duro era su ostracismo, exclamó bailando en medio de la sala que su centenario se celebraría por todo lo alto[4]. El pasado año 2012 fuimos testigos de que no andaba mal encaminado: Cuba organizó en junio el coloquio “Virgilio Piñera tal cual”; se le dedicaron miles de páginas en libros, periódicos, suplementos y revistas. El mundo literario hispánico volvió a celebrar el nacimiento de aquel escritor que murió a deshora. Como apuntara Cabrera Infante parece ser una creación del propio Piñera. Quizá también esta dudosa aproximación al relato de su muerte no sea más que “una broma colosal”[5].




 Publicado originalmente en Ciapafu, Comunidad Iberoamericana de Amigos del Patrimonio Funerario, por Joaquín Zambrano, al que doy las gracias desde aquí.






[1] “El que vino a salvarme” en Piñera, Virgilio. El que vino a salvarme. La Habana: Letras Cubanas, 1987.
[2] “El conflicto” en Piñera, Virgilio. El conflicto. La Habana: Espuela de Plata, 1942.
[3] En: Espinosa, Carlos. Virgilio Piñera en persona. La Habana: Unión, 2003, 366.
[4] En Adsuar Fernández, María Dolores. Los enemigos del alma en los relatos de Virgilio Piñera. Murcia: Universidad de Murcia, 2009, 363.
[5] Título del volumen de poemas póstumo: Piñera, Virgilio. Una broma colosal. La Habana: Unión, 1988.


jueves, 18 de julio de 2013

Arturo


Muchas veces me he preguntado por qué los hombres y mujeres que formaban mi pueblo natal, Cárdenas, no se llamaban todos por el mismo nombre. Por ejemplo, Arturo. Arturo se encuentra con Arturo y le cuenta que Arturo llegó con su hijo Arturo, que su mujer Arturo pronto dará a luz un nuevo Arturo, pero que ella no quiere ser asistida por la partera Arturo sino por la otra partera Arturo, que es cuñada de su cuñado Arturo, madre del precioso Arturo cuyo padre trabaja en la fábrica de Arturo… 
Y por supuesto, mi familia formaba parte del clan Arturo. Mi padre-Arturo —modesto agrimensor— se había casado con mi madre-Arturo —modesta maestra. De esa unión habían nacido seis Arturo. Nos acompañaba amorosamente una tía-Arturo, la que al correr de los años se cambiaría en una monja-Arturo. La arturidad de nuestra casa se sincronizaba con la del resto de los habitantes de Cárdenas: levantarse a una hora, acostarse a otra, bañarse a tal y comer a más cual. A los niños, ultra aniñados, se les repetía: “Los niños hablan cuando las gallinas orinan”, lo cual daba, con los años, unos niños perfectamente idiotizados. En cuanto a la alimentación, contribuía “eficazmente” a formar una juventud famélica. ¡Así vivíamos!


Fragmento de Virgilio Piñera
en Espinosa, Carlos. Virgilio Piñera en persona. La Habana: Ediciones Unión, 2011.


martes, 2 de julio de 2013

Añoranza

Nunca he sentido añoranza, porque nunca he tenido que tenerla y siempre he sido racional en cuanto a mis sentimientos. Como nada he hecho de mi vida, nada tengo que recordar con añoranza; he podido tener esperanzas, porque lo que no existe puede serlo todo; hoy no tengo ni esperanzas, porque no veo razón por la cual el futuro tenga que ser diferente del pasado. Hay quien puede tener añoranza del pasado, sólo por el hecho de que haya pasado, y hay quien incluso el mal pasado le parece algo bueno por el hecho de haber sido y, por tanto, por lo que éramos cuando sucedió. Nunca pude dar tanta importancia a la mera abstracción del tiempo, hasta el punto de tener que sentir pena por mi pasado sólo porque no puedo volver a tenerlo, o sólo porque era entonces más joven de lo que soy ahora. Esa forma de sentir pena por el pasado, cualquiera, aunque sea un inepto, puede tenerla; y yo repudio cuando sea común a todos.
Nunca he tenido añoranza. No hay época en mi vida que no recuerde con sinsabor. En todas fui el mismo: el que perdió el juego o desmereció lo poco de la victoria. 
Sí, tuve esperanzas, porque todo es tener esperanzas o morir.


El esfuerzo cada vez más difícil, la esperanza cada vez más tardía, la desemejanza entre lo que soy y lo que supe que podría ser se acentúa cada vez más en la noche de mi futilidad implacable.

Barón de Teive



En: Pessoa, Fernando, La educación del Estoico, Barcelona: Acantilado, 2007.
Traducción de R. Villagrassa. 



lunes, 8 de abril de 2013

De iniciar cuentos


Cuando, en casa de María Rosa, Jorge Michel contó una vez más, ante varios testigos, la historia o sucedido a Atilio Matías y María Pupo, sospeché que el narrador había llegado a un punto de perfección admirable, amenazado sin dudas por la declinación y la podre en previsibles, futuras reiteraciones. 
Por eso, sin propósito mayor, intento transcribir ahora mismo la versión referida, para preservarla del tiempo; de sobremesas futuras. 
Lo sucedido, que no es relato ni roza la literatura, es, más o menos, esto: 
Para mí, ya lo saben, los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o lo que cargan; y después averiguar qué hay detrás de esto, y detrás, hasta el fondo definitivo que no tocaremos nunca. Si algún historiador atendiera el viaje del telegrafista quedaría satisfecho consignando que durante el gobierno de Iriarte Borda, el paquebote Anchorena partió del puerto de Santa María con un cargamento de trigo y lana destinado a países del este de Europa. 
No mentiría; pero la mejor verdad está en lo que cuento, aunque, tantas veces, mi relato haya sido desdeñado por anacronismos supuestos.

Fragmento, "Matías el telegrafista", de 1973, de Onetti, Juan Carlos, Cuentos completos, Madrid: Alfaguara, 2009.

Uno de los mejores inicios de cuento que he leído últimamente. Un maestro. 

viernes, 29 de marzo de 2013

El cambio


El amigo esperaba a las dos parejas. Iban por fin los amantes a reunirse en su carne, y justo es confesar que el amigo había preparado las cosas con tacto exquisito. Pero exigió, a cambio de la dicha inmensa que les proporcionaba, que todo fuese consumado en la más absoluta tiniebla y en el silencio más estricto. Así, llegados a su presencia los amantes, les hizo saber que la última cámara iluminada que contemplarían en el transcurso de su memorable noche carnal era esta que ahora los alumbraba a todos. Entonces, tras las consiguientes protestas de cortesía y las frases de estilo, se pusieron en marcha por una pequeña galería que desembocaba frente a lo que el amigo decía que eran las inmensas puertas de dos cámaras nupciales.
            Ya el trayecto por dicha galería había sido consumado en la más definitiva oscuridad. El amigo, que no tenía necesidad del poder de la luz, les hizo saber que estaban a la entrada del paraíso humano, y que a una señal suya las puertas se abrirían para dejar paso a los eternos amantes hasta ahora separados por las inevitables asechanzas del destino.
            De pronto, un movimiento de terror hubo de producirse: parece que un golpe de viento levantó rudamente la túnica de las damas, las cuales, aterrorizadas, se apartaron de sus amantes y fueron a estrecharse enloquecidas contra el pecho del amigo, que estaba en el centro de aquel extraño grupo. El amigo, sonriendo levemente, y sin romper la consigna dada, las tomó por las muñecas y, obligándolas a un breve giro las cambió, de tal suerte que cada una de ellas fue a quedar en brazos del amante que no le correspondía. Estos, como caballos bien amaestrados, aguardaban, silenciosos y tensos. Pronto el orden quedó restablecido y a una señal del amigo se abrieron las puertas y entraron por ellas los amantes trocados.
            Allí, en la cámara carnal, se prodigaron las caricias más refinadas e inauditas. Guardando una gratitud y un respeto amoroso al juramento empeñado, no pronunciaron ni siquiera el comienzo de una letra, pero se cumplieron en el amor hasta agotar, como se dice, «la copa del placer». Entre tanto, el amigo, en su cámara iluminada, se retorcía de angustia. Pronto saldrían de las otras cámaras los amantes y comprobarían el horrible cambio y su amor quedaría anulado por el hecho insólito que es haberlo realizado con objetos que les eran absolutamente indiferentes.
            El amigo se dio a pensar en varios proyectos de restitución: de inmediato desechó el que consistiría en llevar a las damas a una cámara común para de allí restituirlas, ya trocadas rectamente, a sus respectivos amantes. Solución parcial: por ejemplo, cualquiera de las damas podía caer en sospecha de que algo anormal ocurría en virtud de ese paseo de una cámara oscura a una cámara iluminada. De pronto, sonrió el amigo. Dio una palmada y llegaron al instante dos servidores. Deslizó algunas palabras en sus oídos y estos desaparecieron volviendo poco después armados de un diminuto punzón de oro y unas enormes tijeras de plata. El amigo examinó los instrumentos y acto seguido indicó a los servidores las puertas nupciales. Entraron estos y, tanteando en las tinieblas, se apoderaron de las mujeres y rápidamente les cercenaron la lengua y les sacaron los ojos, haciendo cosa igual con los hombres. Una vez desposeídos de sus lenguas y de sus ojos fueron conducidos a presencia del amigo, quien los espera en su cámara iluminada.
            Allí les hizo saber que, deseando prolongar para ellos aquella memorable noche carnal, había ordenado que dos de sus criados, armados de punzones y tijeras, les vaciaran los ojos y les cercenaran la lengua. Al oír tal declaración, los amantes recobraron inmediatamente su expresión de inenarrable felicidad y por gestos dieron a entender al amigo la profunda gratitud que los embargaba.
            Así vivieron largos años en una dicha ininterrumpida. Por fin les llegó la hora de la muerte, y, como perfectos amates que eran, les tocó la misma mortal dolencia y el mismo minuto para morir. Visto lo cual, el amigo sonrió levemente y decidió sepultarlos, restituyendo a cada amante su amada, y, por consiguiente, a cada amada su amante. Así lo hizo, pero como ellos ya nada podían saber, continuaron dichosamente su memorable noche carnal.


[Virgilio Piñera, 1944. Del libro Cuentos fríos.
En Piñera, Virgilio, Cuentos completos. Madrid: Alfaguara, 1999.]. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Tan triste como ella

Querida Tantriste:
Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso. Intento excusarme --sólo para nosotros, claro-- invocando la dificultad que impone navegar entre dos aguas durante X páginas. Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía.
J. C. O.

Inicio de "Tan triste como ella", de Onetti, Juan Carlos. Cuentos completos. Madrid: Alfaguara, 2009.

domingo, 24 de febrero de 2013

Fuga tercera


Amado: Aquí frente al mar ancho y magnífico pienso en ti.
El sol es como un manto caliente y me hace sentir una pereza inmensa. ¡Cómo brilla el agua! ¡A veces tengo ganas de reírme sin razón! ¡No sé qué siento!
Me acuerdo de un día que fuimos hasta el final del muelle cogidos del brazo. ¡Qué felices éramos! Me sentía entonces emocionada como ahora entre el mar, la tarde y tú.
Aún no me doy bien cuenta de lo que he hecho ni puedo pensar en más consecuencias que las que me impulsaron a venirme.
¿Te acuerdas de este verano maravilloso que hemos pasado juntos? ¿Sabes cada hora de sol, de luz y de risas, cada beso tuyo, cada momento luminoso cuántas lágrimas me costaba luego? Siempre pagué a precio bien subido mi dicha. Por eso la aprecio tal vez, tanto.
Has sido para mí de todo, desde la pena honda a la alegría fuerte de vivir… has sido… tú lo sabes.
Tú sabes qué oscura, qué fría era la parte de mi vida en la que no entrabas tú. Qué agria mi casa, qué horrible.
Hace tres días ­­─¿fue solo hace tres días?─ cuando me dijisteque te ibas de la isla para siempre, qué angustiada, qué gris se me volvió de repente la vida.
Ya sabes qué felices acabábamos de ser estos últimos días cuando mi padre y mi madrastra se marcharon por fin, como pensaban, al extranjero.
Ya sabes cuánto habíamos reído, cuánta luz verde y azul y dorada hemos bebido juntos por los anchos campos que abren siempre su perspectiva azul de mar. Y de repente, tú te ibas…
Me viste llorar por una vez y no me da vergüenza. No puede avergonzar llorar por un dolor tan grande.
Porque tú eres ─¿no lo sabías?─ la primera, la honda, la gran ilusión de mi vida.
Porque yo estaba segura de que si te ibas, te perdía para siempre, y contigo todas mis cosas claras. Yo sabía que no me mandaría mi padre a casa de los parientes, a donde ahora voy a estudiar, como me había prometido, “este invierno”. Porque hasta que llegue el invierno han de pasar demasiadas cosas. Ha de estallar de un momento a otro una guerra terrible en la que no sabemos si será neutral nuestro propio país, sería difícil entonces que me dejaran, sola, atravesar el mar… Y las promesas son promesas sólo y promesas vagas…
Por eso, mi vida, rompí ayer las viejas huchas de mis ahorros de niña, por eso sin decirte nada, estoy aquí, en la cubierta de tercera de un barco, sentada en un rollo de cuerdas, mirando al mar.
Por eso para ir hacia ti, me he fugado alejándome de ti. Cuando tú llegues, dentro de dos, de tres semanas, yo estaré allí, contigo. Si viene una guerra la pasaremos juntos y nuestra novela ─rosa y azul como los cuentos de hadas─ seguirá sus capítulos hasta el fin. Nunca me arrepentiré de lo que he hecho aunque por ello tenga que llorar lágrimas de sangre…
Yo no he conocido una emoción más loca, más embriagadora y más de pleno triunfo que ésta que se siente de ir apartando obstáculos para una fuga…
Y anoche, amado mío, cuando bajo las estrellas del muelle se fue alejando la isla… ¡Yo no he sido ni podré ser nunca tan tuya! Nunca, ni si me hubiera ido contigo te hubiera podido dar más. Porque entonces ─¿no lo comprendes?─ habrías estado tú conmigo para hacer frente a la situación, habríamos sido dos, para ese terrible pago de consecuencias que viene siempre ─¿crees que no lo sé?─ después de cualquier cosa de estas que tenga un átomo de maravilla.
Ahora soy yo sola la que voy, a la aventura, por ti, para ti, sin ti…
Yo no sé si te darás cuenta de cuántas cosas hay en todo esto que de tan hondas no se pueden expresar ni escribir…
¡Yo estoy contenta! El mar canta una canción salvaje, blanca y azul contra los costados del buque y mi corazón la recoge y la siento respirar como una gran caracola. No quiero pensar y sólo me gusta sentirme vivir mientras llego… Después…
¡No me importa nada ese después…! Todo en el mundo se paga y no quiero que sea pequeño el precio de esa inefable y azul locura que cuando se tienen 17 años representa cruzar el mar, sin permiso de nadie, para esperar el amor…


Carmen Laforet, Cartas a don Juan. Cuentos completos. Menoscuarto, 2007

lunes, 7 de enero de 2013

La misma lluvia



Mirá, no es una relación como la que tuvimos nosotros, ¿no? La verdad, con Esteban es mucho más tranquilo, respeta mi trabajo, respeta mi vida, yo lo respeto mucho a él. Y, bueno, no sé, yo pensaba que lo otro, que ese fuego era amor, ¿no? Y ahora me doy cuenta de que no, de que te quema y nada más. Entendí que el amor es otra cosa, que tiene más que ver con el compromiso, con las cosas compartidas, con la seguridad, con la confianza. Eso es amor. No esa cosa adolescente de Romeo y Julieta que... A mí ya no me engachás con un cuento o pintándome un retrato. Tú sabes que además cuando yo me propongo algo...

***

El amor, el egoísmo, la pasión. ¿Quién me manda a escribir sobre cosas que no tengo la mayor idea, sobre el miedo tendría que escribir yo. El Miedo: cátedra. Por miedo te perdí, por miedo laboro en algo que odio y por miedo fallé al resto. Yo que siempre pensé que lo que tocara se iba a convertir en oro, mirá ahora, todo lo que toco se convierte en mierda...




"El mismo amor, la misma lluvia"


jueves, 3 de enero de 2013

De Balseros

A pesar de lo difícil que fue la vida en Cuba para mí yo, dentro de toda esa dificultad, yo tuve de todo. Yo me vestí con las mejores ropas de la maison, ¿eh? Yo tenía los mejores zapatos, los mejores perfumes. Y eso lo sabe en Cuba todo aquel que me conoció. Que por dondequiera que yo pasaba se sentía mi aroma, de café, ese es mi perfume preferido, el Café. Aquí es donde vivimos desde que nos vinimos para acá, para Albuquerque. Esta es mi casa. Cuando yo llegué aquí, a Albuquerque, yo empecé a ver aquí a todo el mundo vendiendo droga y todo el mundo buscándose la vida como pueda. Y ahí empecé. Con el dinero de esa droga yo estuve comiendo y viviendo hasta la fecha de hoy. Y fue bien difícil porque no tiene uno paz y tranquilidad nunca. Es un ambiente de pistolas, balas, tiros, cuchillos, puñaladas, policía, la federal. Y yo siempre viví así. El dinero va y viene, un día tienes otro día no tienes. Yo pienso tener este negocio por dos o tres meses más y salirme de él. Hay muchos policías y muchos federales y todo eso. Si yo me muriera yo pienso que voy a morir porque era mi hora, era mi tiempo. Si yo no tengo qué comer, el mundo no me da nada, yo lo tengo que buscar. Italia, me encantaría ir a Italia, sobre todo a Roma, la capital, me encantaría ir, si te digo, a cualquier parte del mundo, pero a mí me encantaría más regresar a mi país. Mi país es mi país. Y las playas de mi país es lo más lindo que hay. Y cómo las extraño. Si yo volviera a ver el mar de nuevo yo creo que lloraría de alegría.
 

["Balseros", 1994, está co-dirigida por los periodista Carles Bosch y Josep Mª Domènech, David Trueba colaboró en el guión.
Para saber más: RPSUR.
Y para ver el documental: Cuba Democracia y Vida.]

viernes, 14 de septiembre de 2012

Vidas minúsculas


Llegaron otras cartas, anuales o bianuales, que contaban de una vida lo que quería decir su protagonista, y que él sin duda creía haber vivido: había sido empleado forestal,  «cortador de madera», por último, dueño de una plantación; era rico. Nunca me detuve a soñar con esas cartas, de timbres y mastasellos raros —Kokombo, Malamasso, Grand-Lahou—,  que han desaparecido; creo leer lo que jamás leí: hablaba en ellas de acontecimientos ínfimos y de felicidades enanas, de la estación de las lluvias y de las amenazas de guerra, de una flor metropolitana que había logrado injertar; de la pereza de los negros, del brillo de los pájaros, de lo caro que era el pan; se mostraba bajo y noble; daba la seguridad de sus sentimientos más cordiales.
También pienso en aquello de lo que no hablaba: algún secreto insignificante nunca revelado —no por pudor, sin duda, sino, lo que es equivalente, porque el material lingüístico del que disponía era demasiado reducido para exponer lo esencial, y su orgullo demasiado inflexible para permitir que lo esencial se encarnara en palabras humildemente aproximadas—, algún exceso del espíritu en torno a un boato irrisorio, un deleite vergonzoso por todo aquello que le faltaba. Lo sabemos, pues esa es la ley: no consiguió lo que quería; era demasiado tarde para admitirlo: ¿de qué sirve apelar, cuando se sabe que la condena será perpetua, que ya no habrá aplazamiento ni segunda oportunidad?



Michon, Pierre, Vidas minúsculas, Anagrama, Barcelona, 2002.
Traducción de Flora Botton-Burlá.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Pero no por abril

Si has de venir, ven una de esas tardes
enlutadas de invierno,
que no tendré un vecino, ni un hombro, ni una sola
sílaba a que arrimar el peso de mis sombras,
pero al menos habrán de acompañarme
los perros erizados que hurgan en las basuras,
o esa lluvia que arrastra
periódicos y fango y pañuelitos mustios,
o esos trenes perdidos cuyo silbido llega
desde lo más extraño de la tarde.

Pero no por abril. No cuando cada instante
improvisa un verdor
y todo es trino y todo son colegialas rosas
y para hablar del mundo solo sirve
la palabra sonrisa.
No por abril, te pido, porque entonces
no me acompañará ni una hoja rota: todo
me será ajeno, todo
hará mi soledad más soledad.
3 - V - 78
 
 
 
Miguel D'Ors, El misterio de la felicidad. Antología poética. Renacimiento, Sevilla, 2009
 
 

jueves, 23 de agosto de 2012

Despedida

Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.

JLB


viernes, 15 de junio de 2012

Ser feliz...


Posso ter defeitos, viver ansioso e ficar irritado algumas vezes, mas não esqueço de que minha vida é a maior empresa do mundo.
E que posso evitar que ela vá à falência.
Ser feliz é reconhecer que vale a pena viver, apesar de todos os desafios, incompreensões e períodos de crise…
Ser feliz é deixar de ser vítima dos problemas e se tornar um autor da própria história…
É atravessar desertos fora de si, mas ser capaz de encontrar um oásis no recôndito da sua alma…
É agradecer a Deus a cada manhã pelo milagre da vida…
Ser feliz é não ter medo dos próprios sentimentos…
É saber falar de si mesmo…
É ter coragem para ouvir um "não"…
É ter segurança para receber uma crítica, mesmo que injusta…
Pedras no caminho?
Guardo todas, um dia vou construir um castelo...

Fernando Pessoa